No es Trump, somos nosotros


 

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Lo que ha ocurrido recientemente en Estados Unidos con la victoria indiscutible de Donald Trump no es algo aislado. Está pasando en el resto del mundo. No es un fenómeno nuevo, pero sí, recabando la memoria histórica de nuestra sufriente humanidad, un fenómeno peligroso y oscuro de impredecibles consecuencias.

Trump no es un simpático personaje de un capítulo de los Simpson escrito hace quince años. Es el resultado de un nuevo tiempo, de una nueva era de penumbra y ofuscación. Es el hijo póstumo de ese nuevo espectro que nace para imponer su ley del miedo, la ignorancia y el rencor. El espectro del nacionalismo.

Lo hemos visto con el fenómeno racista y xenófobo del Brexit. Lo estamos viendo en los nacionalismos, también racistas y xenófobos de regiones que reclaman la pureza de un estado propio para terminar con las desgracias del pueblo elegido. Lo vemos en una rancia ofuscación europea que se apodera no tan solo de las instituciones, sino de las buenas voluntades de sus pueblos que, arrinconados por una realidad que se impone, se desgarra en la desesperación de “soluciones finales”.

No, no es Trump, es también el Frente Nacional en Francia, el Amanecer Dorado en Grecia, la Alternativa para Alemania en el país germano, el UKIP en el Reino Unido, Ley y Justicia en Polonia, el Partido de la Libertad en Austria, y un largo recuento de dragones que están de nuevo despertando porque nosotros, cansados, queremos vivir en paz con nuestras miserias, con nuestros hipócritas logros y con nuestra desnudez vital, tan frágil y falta de luz.

Es el nuevo fantasma que azota ahora al mundo, sin saber, en un tiempo delicado, hacia donde llegará esta deriva. Y ocurre porque le damos la espalda al mundo, a la historia más reciente, a la conquista de valores que se olvidan ante la necesidad de proteger nuestra vida de cervezas y televisión.

De nuevo, siguiendo con la historia, debemos repetir eso de que “toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas”. Estamos dejando atrás la era de las luchas de clase para convertirla en la lucha de las razas, de las naciones puras, del blanco occidental que desea proteger a toda costa su modo de vida a cambio de perder cualquier valor o dignidad. El otro, sea español (véase el odio visceral de algunos nacionalistas ibéricos), sea moro, sea latino, sea chino o lo que sea nos da miedo, nos asusta.

El pueblo americano no ha votado a Trump, ha votado para proteger la posibilidad de poder seguir bebiendo su cerveza los fines de semana frente al televisor, de poder seguir consumiendo calurosamente los tres primeros días de mes para luego vivir tres semanas de angustia hasta la próxima paga, han votado el poder seguir fingiendo ese bienestar caduco y falso a cambio del hambre y la injusticia sobre el otro.

De verdad, no es Trump, somos nosotros, cargados de odio, hambre y miedo.

 

 

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