Sentir el palpitar


 

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El olor a chimenea es reconciliador. Las hojas otoñales forman un manto precioso que deja escapar las entrañas de la tierra en forma de setas que nacen con las primeras lluvias. El paisaje no puede ser más impresionante. Aquí no llegan las noticias de ningún tipo, excepto las de naturaleza ciega. Algo desea emerger hacia una marcha progresiva e incesante de vida superior. Algo sencillo, manifiestamente dirigido por ese orden natural que revela una interminable progresión hacia los designios inmutables.

Somos seres débiles y endebles. Nuestra fragilidad puede medirse a cada paso. Un mal tropiezo puede ser devastador. Una indigestión puede terminar fulminante con nuestro halo de vida. No somos conscientes del todo de esa intermitente casualidad que nos mantiene aparentemente fuertes ante las adversidades. Ese agregado de fuerzas perennes se agolpan en la mirada acompasada por la visión. Ocurren adaptaciones que parecen salvajes ante nuestra más insólita ignorancia, aquella incapaz de juzgar y entender los hechos objetivos de la vida sin añadirles cierto misterio y magia. Para el observador avispado, parece como si de entre la niebla surgieran a veces luminiscencias, seres semi-inteligentes que bucean en la realidad Una para intentar ser guiados por altos espíritus, por ese verbo manifestado proveniente de ese logos inmanifestado, esa mente universal e inmutable que establece los códigos misteriosos de todo cuanto existe.

El bosque parece transformado. Llamamos ciclos naturales a ese latir de un corazón que progresa hacia el anillo que todo lo anima. La vida es un aliento que palpita delante de nosotros, dentro de nosotros, fuera de nosotros, intrínsecamente en todas las cosas. En el silencio podemos sentir ese pálpito. Es como un tambor de aquellas tribus primitivas que conectaban con la esencia del espíritu de los tiempos. Una geometría sagrada que se revela como una mariposa arrastrada por la brisa. Un amanecer que bombea luz a todos los rincones. Un suspiro a media tarde capaz de atravesar con su emoción todo el remolino de aconteceres unidos por el sonido de la música.

Sentir ese pálpito es salpicar cada acontecimiento de expresión, de vocablo imperceptible, de vacuidad al mismo tiempo que lo sempiterno explota. Nuestros errores desaparecen. También lo hacen nuestras flaquezas. Los ciclos continúan. La vida continua. El misterio se desvela en esa llama, en ese tronco que transmite su calor a sus congéneres. El tambor no puede dejar de sonar en esos corazones, en ese barro que constituye nuestra vida. La tierra ahora está húmeda y caliente. Es otoño. La chimenea calienta las estancias, el corazón late a otro ritmo. Las aves rastrean en el suelo y los mundos se unen en su color añejo. El corazón se escucha más cercano. La vida, en su letargo, nos protege. Serena, la vida continua.

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