La idea que nos mueve


 

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Este silencio responde a una necesidad. Nadie posee la fórmula para satisfacer todo deseo, todo anhelo, todo aquello que a veces la vida demanda con insistencia. Un puente aparentemente indestructible puede quebrarse por un pequeño olvido, por descuido a la hora de colocar bajo el pilar una base consistente. A veces simplemente es como si no tuvieras ganas de batallar día tras día contra tanta ignorancia o dolor. Como si las fuerzas externas, aquellas que deberían estar ahí para hacernos fuertes, se volvieran contra el mundo entero, arrastrando de paso la frágil tarea de la vida.

Vemos las grises nubes sobre el horizonte y nos preguntamos con insistencia sobre el sentido de muchas cosas. Intentamos arrebatar al tiempo algún minuto de más ahora que la consciencia de lo limitado nos arrastra de nuevo hacia esa tragedia del sabernos finitos, restringidos a un tiempo que será siempre poco en comparación a todas esas cosas que habría que hacer en un mundo tan amplio como el nuestro.

Cada segundo golpea fuerte el tímpano temporal de la existencia. Algunos desean morir porque ya no ven más esperanza ahí fuera, y otros, aferrados a la urgencia vital, solo desean que los minutos se alarguen como esos atardeceres que se acompañan en el ritual del amor escondido. Hay un grito de dolor entre unos y otros. Unos piden vida, más vida, otros muerte.

El mundo sigue mostrando su complejidad. Es algo misterioso, enigmático, un secreto aún por desvelar. La vida se puede ver desde miles de perspectivas. Se podría elaborar un catálogo infinito de posibilidades. La sensación de finitud es a veces desesperante, otras irremediable y otras, las más pocas, tranquilizadora. Si nuestra consciencia es finita significa que una gran parte de nosotros desaparecerá. Pero otra muy sutil, casi imperceptible, carente de yo, y por lo tanto, de ego, permanecerá en el logos inmutable. Es a esa parte a la que los místicos de todos los tiempos se aferran para dotar de esperanza y alivio a lo trágico de la existencia.

Es especialmente importante la anotación que nos habla sobre la construcción del puente por medio del cual un centro seductor nace en nosotros, un foco que instruye los lazos que nacen de las relaciones impersonales entre la consciencia individual y la Consciencia Universal. Esto nos hace comprender que la relación especial entre los seres debería estrecharse, comprendiendo que todo lo que hacemos debe estar presente en esas cosas que nos permiten trabajar juntos para un mismo propósito. El propósito, llámese vida o causa humana, debería dotarnos al menos de una cómplice paz interior, de un sosiego, de una fortaleza inmanente. Algunos se esfuerzan día y noche por construir silenciosamente esos vínculos invisibles. A pesar del cansancio, del tedio, de los malos momentos, algunos trabajan entregados a la causa humana.

Lo hemos podido ver con nuestros propios ojos. Incluso a aquellos que desesperados lloraban por no saber qué más hacer, qué otra cosa poner sobre la vida para dignificar al otro. Hemos visto el esfuerzo continuo de aquellos cuya tarea inmediata es movilizar todas esas fuerzas y energías que han de proporcionar los cables e hilos destinados a identificar, sólidamente, el Puente entre los mundos de nuestra existencia cotidiana y ese reino invisible dueño de nuestras vidas. Es de esa idea desde donde podremos extraer fuerza y sostén para seguir adelante. Es esa esperanza que nos dota de inquietud para seguir adelante.

 

 

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