Imagina un mundo nuevo


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Todo empieza en la mente. Cualquier acto, cualquier cosa que realizamos de forma individual o colectiva surge de un pensamiento. La mente es la masa de arquitectura y el corazón es la fuerza que empuja la creación hacia cualquier cometido. Estamos aprendiendo a pensar, a razonar por nosotros mismos y a ser creadores de cosas, de momentos, de experiencias, de relaciones, de sueños. Estamos empoderando nuestras vidas más allá de las estructuras que nos han ido inculcando y podemos empezar a diseñar nuestras vidas de forma diferente, emancipados del miedo y la ignorancia.

El deseo nos llena de magia la existencia. El instinto lo empuja. La intuición la eleva. Porque es cierto, y esto también forma parte de ese descubrimiento, que podemos elevar nuestras vidas hacia dimensiones aún más amplias y extensas. Estamos empezando a desvelar ese nuevo mundo que necesitamos. Esto resulta ser una revelación porque podemos guiar nuestras vidas hacia un sentido nuevo.

En las antiguas órdenes religiosas, algunos hermanos se reunían en secreto para relacionar los asuntos de su causa mayor. “Gentiles señores hermanos, levantaos y rogad a Nuestro Señor que su santa gracia descienda sobre nosotros”. Esa visión divina de la vida les dotaba de una fuerza y un propósito mayor a sus propias vidas. Cuando los caballeros se reunían para glorificar a su santo Arquitecto estaban delegando sus vidas a un propósito mayor. De alguna forma estaban imaginando un mundo nuevo, ese mundo descrito por aquel al que ellos llamaban respetuosamente Señor o Maestro.

El reino de Dios era para ellos el reino del amor, el reino del respeto, la tolerancia y la justicia, la libertad y la fraternidad entre los hombres y mujeres de buena voluntad. Ese reino imaginado en los corazones ingenuos de aquellas gentes era algo realmente poderoso. Les dotaba del coraje necesario para crear y disciplinar un plano, el de la mente, aún embrionario.

La adoración y la disciplina hicieron que la vida fluyera hacia los mundos abstractos de la creación. El ser humano pasó de creer en Dios a endiosarse con su aparente infinito poder creador. Al mismo tiempo que esto ocurría la creencia, que antes era institucional y compartida, se volvía cada vez más privada y silenciosa. De alguna forma el Señor, el Maestro del que hablamos predijo lo que pasaría en un futuro: “pero tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. Aquel que se desvanecía en el desierto para orar en secreto, aquel que se despedía de la multitud y subía al monte a solas para orar; y al anochecer, estaba allí solo, no era más que un profeta del futuro, un ser que entendió la evolución humana, su papel en la creación y el desarrollo que la mente tendría en un futuro. El Señor, el Maestro, era un instructor del futuro, un pedagogo de todos los tiempos.

Los adeptos más destacados siguieron sus pasos. Sabían que el corazón del místico solo podría expandir toda su gloria bajo el tupido manto del conocimiento, del esotérico y del exotérico. Corazón y mente unidos para escalar a las montañas del silencio y la plenitud y descubrir el verdadero sentido de toda la existencia. Adeptos que superaron el estadio místico y esotérico y se entregaron en vida a una causa desconocida, pero necesaria para crear ese mundo nuevo. Entregados e integrando el amor y la sabiduría mediante la voluntad al bien, hacen progresar en silencio al conjunto de la humanidad. Su inspiración y su proclama bandera de la paz seguirán instruyendo siempre nuestro futuro, nuestro particular nuevo mundo. Sus plegarias, sus oraciones silenciosas allá en el desierto construyen la realidad futura. Contribuyamos con ellos imaginándola.

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