El viaje del héroe


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En 2005 empezamos el viaje del héroe. El abandono de una apacible vida en el mundo ordinario, la llamada a la aventura, el rechazo a la llamada, el encuentro con el mentor, la travesía del umbral, las pruebas, los aliados, los enemigos, la caverna profunda, la odisea, la recompensa, el arduo camino de regreso, la propia resurrección y el retorno con el elixir. De alguna forma nos enamoramos del objeto de estudio. Incluso nos perdimos en la “selva” durante algunos años, viviendo como Gulliver en una hermosa granja de caballos en el norte de Alemania junto a nuestros propios y particulares houyhnhnm. Enfrentamos nuestro estudio antropológico en un momento oportuno y único.

En contraposición a todo el ideal primario, tras unos años en el campo, tuvimos que volver y enfrentarnos de golpe a otra realidad. Por circunstancias que no vienen al caso, nos vimos envueltos en un ambiente que era la contrafigura de aquel otro en el que habíamos pasado nuestros primeros dos años de investigación. En plena crisis económica abandonamos el bosque encantado y volvimos a la ciudad, esta vez viviendo una vida acomodada en Madrid, en un lugar donde disponíamos de todos los lujos posibles. Habíamos llegado a nuestra propia Brobdingnag, una tierra de gigantes. La noche del 15M, en pleno estallido de la spanish revolution, estábamos cenando con un conocido presidente de un banco, una aristócrata y una catedrática de derecho. Era un tiempo extraño donde nos sentíamos como ese héroe vencido por los guardianes del umbral. Habíamos rechazado la llamada. Estábamos atrapados en la casita de madera de Gulliver al mismo tiempo que nos exhibían entre unos y otros como esa antropología exótica.

¿Cómo podíamos vivir rodeados de tanto lujo en medio de tanta crisis? ¿Y cómo podíamos hacerlo después de haber pasado varios años explorando alternativas más justas de convivencia, más alejadas de la hipocresía de ese mundo que habíamos rechazado unos años antes? En ese tiempo de contradicción interior echábamos de menos “la selva” y “los nativos”. En un viaje a Etiopía descubrimos que con los gastos corrientes que una embajada consumía en un día podían vivir tres mil familias durante un mes. La visión de aquellos niños que morían de hambre en nuestras propias manos nos hizo retorcer interiormente y volver a cierta realidad, a cierta coherencia y equilibro interior. Así que decidimos dejarlo todo y volver al bosque, a la tribu, a la utopía en busca de respuestas.

Al igual que el capitán Lemuel Gulliver, durante todo ese tiempo nos encontramos en situaciones paradójicas: en algún momento nos sentíamos como un gigante entre enanos, y a veces como un enano entre gigantes. Pero sobre todo, seres humanos avergonzados de nuestra condición, un yahoo sucio y salvaje que reclamaba algún tipo de redención.

El heroísmo no consiste en vivir en cierta coherencia interior. El verdadero heroísmo nació el día en que despertamos de un sueño y decidimos caminar hacia esa otra realidad. No fue el sueño en sí, fue el impulso que nos condujo a caminar.

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