Fondo de Reserva


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En los años de la burbuja económica había en el Fondo de Reserva de la Seguridad Social (creado en el año 2000 para garantizar las futuras pensiones) un total de 66.815 millones de euros. De estos, tan sólo quedan 25.176 millones que se calcula, al ritmo de salidas a la que ya nos han acostumbrado desde el Gobierno, se agotarán antes del 2020.

Este dato, de forma aislada, podría no resultar del todo alarmante sino fuera porque nuestra sociedad cada vez está más envejecida, más empobrecida y por lo tanto, cada vez serán más las necesidades de subsidio y prestaciones al mismo tiempo que caerán sistemáticamente los ingresos en la caja común. El futuro económico de este país, a no ser que entremos de nuevo en un ciclo productivo provocado por una nueva burbuja del tipo que sea, no es muy halagüeño. La solución de los gobiernos siempre pasa por ese mantra moderno que nos dice que debemos seguir creciendo económicamente. ¿Hasta el infinito y más allá o hasta que se agoten definitivamente los recursos? Esa es la gran pregunta, ecológica y problemática.

Desde que explotó la crisis financiera y muchos de nosotros perdimos nuestro trabajo y nuestros hogares nos hemos preguntado sobre el modelo de vida al que enfrentarnos para nuestro futuro inmediato, pero sobre todo, para nuestro futuro más lejano, a sabiendas de que actualmente, el Estado del Bienestar hace aguas y las cuentas, por más vueltas que los analistas le den, no cuadran. Si pensamos en alternativas de crecimiento solo se nos ocurre la fórmula de la emigración como ya hicieron nuestros antepasados. Emigrar a otras tierras para seguir creciendo. Otra fórmula, menos atractiva para muchos es la del decrecimiento voluntario: vivir con menos y necesitar menos, simplificar nuestra vida para compartir más y mejor en un entorno grupal, más allá del aislamiento individualista y egoísta al que la sociedad nos ha acostumbrado.

Los acontecimientos de estos últimos tiempos son alarmantes y las buenas noticias se escapan por los regueros de la infrecuencia. La xenofobia y el racismo crecen en Europa al mismo tiempo que la Unión Europea, un proyecto hermoso y de profundas consecuencias para la paz social, parece que se derrumba a marchas forzadas. El populismo de izquierdas y de derechas va tomando forma mientras que los brotes de desesperación minan las aguas que nos separan de ese otro mundo que parece vivir en una guerra continua. Si a esto le sumamos el escenario catastrófico que los ecologistas dibujan con respecto al estado de salud de nuestro planeta, parece como si de nuevo estuviéramos viviendo en un estado pre-apocalíptico de impredecibles consecuencias.

Muchos defienden que la crisis de 2007 solo fue un pequeño coletazo de lo que está por venir. Nos advierten con cara seria y preocupante que la gran crisis espera a las puertas de la próxima década y la supervivencia común, al menos la supervivencia del bienestar tal y como ahora lo habíamos disfrutado, tiene los días contados.

Quizás no sea necesario prepararnos psíquicamente para un nuevo envite grupal. Quizás todo sea un momento generacional que pasará y la humanidad en su conjunto sabrá reaccionar a tiempo ante el debacle aparentemente inevitable.

Es cierto que la sensación grupal es totalmente de pasotismo, diríamos que casi de ingenuidad. Seguimos disfrutando con los placeres más inmediatos sin mirar con desconfianza los acontecimientos que puedan afectarnos en un futuro. Es como si no nos importara nada de lo que se está cociendo y dejáramos para el mañana la preocupación inevitable. Quizás no nos toque a nosotros como generación gestionar los avatares que entre todos estamos sembrando. O quizás la tecnología nos salve del abismo en el último segundo de partido. Realmente no sabemos nada. Pero sí estamos atentos a lo que observamos, a los indicadores que nos dicen que algo no va bien.

Faltan tan solo cuatro años para el 2020. Quizás los fondos de reserva, milagrosamente, se hayan recuperado para entonces a cambio del contingente del crecimiento económico. O quizás hayamos provocado un estilo de vida diferente, una alternativa al consumo desmedido y al derroche ecológico. Quizás pronto algo o alguien nos convenza de que es necesario dar un giro profundo en nuestra forma de ver y entender la vida. Quizás sean cosas que no se puedan aplazar para el mañana. Quizás estemos ya en el momento de la urgencia, del cambio, y esto provoque, inevitablemente, un cambio en nuestros valores y en nuestra forma de vivir y entender la vida.

 

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