Imaginando la gloria futura


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Por menos de dos francos suizos puedes comprar unos noodles vegetales y servirte una excelente cela mientras contemplas de frente los Alpes suizos. Es lo que cuesta el tranvía que va de Le Petit Lancy hasta el centro de Ginebra, lugar donde se encuentra, entre el lago Leman y el río Ródano la sede de la fundación. Si eres una persona ociosa puedes pasear entre el apartamento de la fundación y el centro en media hora. En verano da gusto ver a los bañistas en la orilla dejándose arrastrar por las fuertes corrientes del río. Hay un atajo que va por medio de un frondoso bosque en el que imaginas que en cualquier momento te asaltará algún tipo de ser elemental. Es como si los gnomos y elfos estuvieran observándote a cada paso, visitando tu campo magnético y observando de paso si eres hombre de bien.

Suiza es un país que ha logrado llegar a la cumbre de la colectivización del individualismo. Se puede decir que si tienes suerte, puedes vivir una vida holgada en un entorno privilegiado. Al ser un país pequeño y poco belicoso, en estas generaciones ha podido construirse desde la salvedad del orden y el decoro, observando como la rectitud en las formas siempre resulta exquisita. A diferencia de los países mediterráneos, donde el feísmo se ha vuelto excesivamente costumbrista, en los países del norte la belleza y la armonía decora cada rincón de sus espacios públicos y privados. Resulta difícil ver algún papel en la calle o algún tipo de decorado grotesco o deslucido. Siempre me he preguntado porqué en nuestros países más al sur nos ha costado tanto mantener cierta pulcritud con las cosas. Quizás sea por esa cuestión nuestra de ir siempre de batalla en batalla perdiéndolo todo a cambio de nada. Cuando tienes esa sensación de desapego hacia las cosas, la dejadez es lo siguiente que domina nuestra alma. Si has perdido las Filipinas, los reinos de taifas, el Imperio donde nunca se apaga el sol y todo tipo de colonias exóticas por medio mundo, no nos va de tener o no tener una valla bien puesta que no sea ese típico somier de los años ochenta venido a peor vida. Somos lo más en reciclaje urbano, a costa de tener ciudades y campos empantanados de horrendas visiones.

Aún así, este individualismo colectivizado tiene sus días contados. O al menos eso creen los más optimistas. No tiene mucho sentido vivir una vida vacía donde la única relación con tu vecino sea ese melancólico hola y adiós que se entrecruza tímido en el rellano del ascensor. Es cierto que cierta emancipación eran necesarias. Es un proceso psicológico normal que la propia humanidad ha sufridos en estos últimos siglos. Pero la madurez mental de todo individuo, y también de toda colectividad, tiende inevitablemente hacia la unión grupal.

Emanciparnos de las cosas y sus necesidades hará posible que podamos tender a un mundo más creativo, a unos espacios donde sea la producción de pensamientos abstractos y no tanto los pensamientos propios de la necesidad, lo que produzca un nuevo escenario mucho más sencillo en cuanto a la forma de organizarnos pero mucho más eficaz en cuanto a la realización personal y grupal. Somos conscientes que para eso queda aún mucho trabajo, mucho esfuerzo en cuanto a las actitudes y acciones futuras. Pero en el fondo de nosotros late el anhelo inherente de un futuro inimaginable. El gran desafío al que nos enfrentamos empieza por nosotros mismos, pequeñas partículas que dan vida al cuerpo de la raza humana. Es en nosotros donde nace y se expande el reto de ser fieles servidores de la inspiración, del mañana, de la gloria futura.

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