La transmisión del conocimiento


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Trabajar junto al lago Leman, rodeado de altas montañas y un paisaje que desde hace siglos no conoce la guerra es toda una suerte. Son muchas las veces que he tenido la oportunidad de venir a Ginebra. Algunas por ocio y otras por trabajo. En estos días me ocupa la labor de apoyar el trabajo de edición de los libros de Alice Bailey, una mística del siglo pasado que contribuyó con una ingente tarea a propagar ciertas ideas espirituales.

Renovar su obra y adaptarla a los nuevos tiempos es complejo. Pero el testigo pasa de generación a generación para que la llama de la luz interior no se apague ni se pierda. Ya ocurrió otras veces a lo largo de la historia. Hay obras irrecuperables que fueron aniquiladas de la memoria colectiva por atrocidades que jamás debieron ocurrir. Un gran conocimiento se ha perdido, por eso, la labor de los editores comprometidos y con vocación de servicio es imprescindible hoy día. Son los eslabones de la cadena de conocimiento, de la sabiduría perenne que se transmite de generación a generación. Es modesta, invisible, pero imprescindible para que el saber universal pueda ser saboreado por los labios de los buscadores futuros.

Las ediciones se agotan o desaparecen. Las modas hacen el resto. Es fácil que en la era en la que estamos sea cada vez más difícil discernir entre libros y conocimiento que realmente valga la pena y otros que no hacen más que sumar ruido al ya acostumbrado. El discernimiento es una capacidad que se agudiza con el tiempo y que se refuerza con la experiencia. La dilatación de una vida puede sugerir algún tipo de enseñanza apropiada para experimentar la verdad amplia. El conocimiento, el saber, siempre es una puerta importante para alcanzar metas de libertad mayores. Vivir a ciegas es vivir agolpados en la tabla rasa de la ceguera. La ignorancia siempre nos hizo esclavos de las circunstancias, y nos alejó en todo momento de la libre elección sobre nuestras decisiones. Nos volvemos conformistas y costumbristas y eso nos aleja de la vida y la existencia de nuestra más profunda esencia. Estamos ya en plena era de Acuario, la era del Saber, y por lo tanto, la era de la emancipación personal y colectiva.

Por eso entiendo que la labor de editor es como la de aquellos antiguos escribas que encerrados en oscuras bibliotecas copiaban uno tras otro los libros esenciales. Gracias a ellos llegaron a nosotros los clásicos de la antigua Grecia. Gracias a ellos las obras fundamentales de la humanidad han iluminado un poco más nuestras vidas. De alguna forma, gracias a ese conocimiento, la mente humana se ha vuelto más plástica y flexible y ha pasado de la concreción del mundo limitado al amplio e intangible mundo abstracto. De la rigidez de la meta inmediata a la sabiduría de la prosperidad conjunta.

Ese conocimiento debe seguir vivo. Debe estar a las puertas de todo aquel que desee abrazarlo. Debe ser fácil su acceso y progresiva la labor de transmisión. Buscar los recursos adecuados para crear obras inmortales es una tarea importante para compartir la luz del conocimiento. El espíritu de los tiempos debe seguir aportando un claro camino hacia la verdad.

(Foto: en la fundación Lucis trabajando en la edición de los libros de AAB).

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