Aprendiendo a ser felices


Ultimate_HDR_Camera_20160621_212358

He aprendido a estar contento en cualquier estado en que me encuentre”. San Pablo

Es algo complejo pero es posible cuando desechamos de nuestra vida la avaricia y el miedo y nos volvemos seres inofensivos, sin ganas de dañar a nadie. Estar bien en cualquier estado implica estar bien en cualquier circunstancia, o con cualquier persona, sea del carácter que sea. Implica albergar el halo de paciencia que nos lleva a esa quietud interior. Implica también observar las cosas que nos circundan de forma totalmente desapegada y amable. Es perder el deseo hacia aquello que nos impide avanzar y es recuperar las ganas de vivir cada instante como único y verdadero. Perder el poder de herir con la voz, con el pensamiento, con las emociones que a veces resultan indomables y estériles. Esa fracción de instante nos aproxima a una realidad diferente, a esa en la que inevitablemente el ser se manifiesta de forma real.

La recta conducta de la que nos hablan los grandes seres tiene mucho que ver con ese deber universal que pretende crear cosas buenas, realizar obras hermosas para el conjunto de los seres sintientes. La inofensividad, el silencio y el trabajo arduo es la bandera con la que muchos trabajan creando esa paz tan necesaria a todos los niveles. El ser veraz quizás sea lo más complejo de todo, pero nuestro deber es esforzarnos en perfeccionar esa cualidad inherente en nosotros. En el fondo, la bondad crece dentro de nuestra infinitud, solo debemos darle paso, arrastrar a nuestras vidas oportunidades para hacer el bien.

No debemos disiparnos en la vulgaridad de la vida. Perdemos mucho tiempo deseando cosas inservibles, inertes, que nada aportan a nuestra libertad. A veces son cosas del pasado, que ya perdimos, otras cosas del futuro, que aún no han llegado y quizás nunca lleguen. También perdemos mucha energía en preocupaciones que vienen de la avaricia de pensar que vamos a perder cosas, personas o momentos, olvidando que la verdadera abundancia reside en la presencia de un estado profundo que nada necesita. Es decir, en el sentir al yo real, al ser manifestado desde lo más hondo de la existencia, ese que nos acaricia a cada instante sin necesitar nada, sin esperar nada.

La fragua donde forjamos nuestras cadenas siempre nace del deseo hacia las cosas, del miedo a perderlas, de nuestra necesidad de acariciar todo aquello que creemos como digno de nuestra posesión. La verdadera libertad reside en poder vivir sin esos deseos. Esto no significa vivir sin cosas, sino vivir sin avaricia, sin necesidad de las mismas, pudiendo prescindir de todo aquello que de alguna forma nos ata a una realidad esclava.

Perdemos mucho tiempo en limpiar nuestro cuerpo físico, en mostrarlo bello para los demás y satisfacer así el deseo vanidoso de parecer agradables. Sin embargo, nunca dedicamos tiempo a la limpieza psíquica y emocional. Nunca nos detenemos a observar qué emociones o pensamientos están endureciendo y embruteciendo nuestras vidas. Algún día sabremos mantener la casa limpia, por dentro y por fuera, y nuestra actitud ante la vida quedará renovada para siempre. Aprenderemos a estar contentos y alegres y descubriremos que esa es la más eficaz herramienta para encontrarnos bien hallados en el camino de la felicidad. En la nuestra y en la de los demás.

(Foto: ayer paseando junto al lago Leman, en Ginebra).

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s