Inercia, ceguera y esclavitud. Buscando un impulso hacia el futuro


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Hay tres aspectos de nuestra vida que por estar bien arraigados a la misma nunca mostramos atención. La primera es la inercia. Vivimos arrastrados y consumidos por la costumbre, por aquello que siempre hemos vivido, bebido y practicado. Desde muy pequeños han condicionado nuestra mente plástica, atándola a modelos de vida acordes a los tiempos, las circunstancias o el devenir. Nunca nos hemos planteado nada nuevo o alternativo a todo eso que hemos ido haciendo porque lo que hacemos, pensamos o sentimos se supone como correcto. Mandamos un mensaje victimista al universo, a nuestro entorno inmediato. Una queja constante por todo lo que somos y hacemos. La inercia nos lleva a pensar negativamente sobre las cosas y las personas que nos rodean. Todo lo que los demás hacen está mal, es obtuso y deprimente. La inercia nos lleva a pensar que todo cuanto está fuera de nosotros es pésimo y existe solo para fastidiar nuestra vida. Olvidamos una cosa importante: hemos nacido para ser felices. Pero en la propia inercia está anclado otro pesar, el olvido.

Por eso la inercia es especialista en crear un segundo aspecto que nos acompaña: la ceguera. Al llevar una vida moldeada al placer de la costumbre, nuestro marco de referencia es mínimo. Es algo así como la vida que pudiera llevar un murciélago encerrado en una habitación donde solo pudiera guiarse por la tenue luz y el halo de calor de una vela. Nuestra ceguera es muy parecida. No percibimos un entorno de realidad más allá de nuestra visión más inmediata. Al no ser felices, al perder el sentido de la vida y acurrucarnos al calor de la costumbre y la ceguera, dormitamos en un estado de ensoñación, de vacío, de falta de sentido.

Esta ceguera, inevitablemente produce un tercer factor: esclavitud. Esclavitud a nuestros deseos inmediatos, a nuestra visión inmediata, a nuestra percepción reduccionista de las cosas, a nuestro entorno y a los paisajes cotidianos, los cuales, en muchas ocasiones, pierden la magia para convertirse en recovecos de penumbra y tristeza. La esclavitud nos separa de la vida, nos aleja de la intensidad de la existencia.

A veces algo o alguien aparece en nuestras vidas para recordarnos de que ahí fuera, inclusive aquí dentro, hay mucho más vida de la que podemos abarcar. De que debemos empoderarnos en la hazaña de sacar la barca de nuestras orillas y lanzarnos al ancho mar.

De repente algo o alguien nos impulsa con fuerza hacia el futuro, hacia la felicidad merecida. Es como si consiguiéramos salir de nuestra cueva, de nuestra oscuridad, de nuestra ceguera, de nuestra inercia y esclavitud y pudiéramos desplegar unas enormes alas. Cuando eso ocurre, agradecidos, sentimos la inmensa necesidad de expresar una enorme revelación.

Gracias vida por este despertar, gracias por esta nueva oportunidad, ahora nos ocuparemos nosotros de navegar por ese recinto manso de verdad, de realidad, de paz, de ternura, de amor, de cariño, en definitiva, de felicidad. Tenemos derecho a ello, tenemos el deber de buscarla, de alcanzarla, de abrazarla. Ahora que ya somos libres, nos esforzaremos en rodearnos de ese calor que va más allá de nosotros mismos.

Gracias vida. Ahora nos encargaremos nosotros de despertar al resto, de abrazar al resto, de liberar al resto, de impulsar al resto hacia el futuro.

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