Cuando el dolor nos sobrepasa


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Siempre nos asalta ese pensamiento lineal de pensar que lo tenemos todo controlado. Sólo cuando nos ocurren cosas, o esas cosas, muchas veces nefastas, ocurren a nuestros seres queridos, nos damos cuenta de nuestra auténtica vulnerabilidad. Podemos estar felices y tranquilos, podemos pensar que todo cuanto conocemos vive bajo cierto control. Pero de repente ocurren mil cosas y todo desaparece.

He vivido esa sensación muchas veces, y pensaba estos días que ya han sido demasiadas. Pero admito, con cierta humildad, que si estamos vivos, que si nos movemos y hacemos cosas, lo más probable es que tarde o temprano ocurran cosas inevitables. Una enfermedad, la muerte de alguien cercano, la perdida de nuestra casa o nuestro trabajo o nuestro propio destino por una fortuita mala elección. Es un pensamiento complejo que se debate en estos días donde han ocurrido demasiadas cosas y no todas positivas.

Admito que me siento vulnerable ante la visión que aún me persigue de esos refugiados que todo lo han perdido. Por eso estos días deambulo algo desorientado, como si el dolor de esa madre a cuyo hijo le han diagnosticado con urgencia un tumor en la cabeza sea el mío propio. O como si el dolor de esa persona que se debate en seguir o no con su pareja fuera también el mío. O aquel otro de esa amiga que ha perdido al compañero de su vida o aquella otra cuya enfermedad le impide llevar una vida normal o ese otro dolor de reparar en personas que podrían llevar una vida cómoda y feliz, y ver como se pierden entre barrotes y mazmorras. Sí, también ese dolor que uno ha causado a segundos y a terceros, sin saber como redimirlo o aliviarlo. Quizás ese sea el peor de todos, porque fuimos partícipes del mismo, cuando podríamos haberlo evitado con un simple gesto.

Son cosas que están ahí. No se pueden luchar contra ellas aunque a veces resulte descorazonador ver como todas ocurren en un mismo tiempo. Cuando las dosis de dolor son administradas en pequeños posos de envergadura asumible, las cosas pueden irse lidiando poco a poco, con esa paciencia que la vida nos trae para seguir adelante. Pero cuando todo se apodera de ti en un solo golpe, o en cientos de ellos, la vida pierde aquel sentido primario que nos impulsa hacia delante. Por eso cuando pienso en los refugiados que han huido de una guerra, cuando pienso que perdieron absolutamente todo y siguen en esa desorientación vital de no saber qué será de sus vidas, siento cierto aturdimiento e impotencia por dentro que me impide llevar una vida normal.

¿Con qué clase de paz y serenidad podemos afrontar la vida cuando hemos podido abrazar en primera persona el dolor ajeno? Y lo más terrible de todo es pensar: ¿y ahora qué? ¿De qué forma podemos afrontar todo cuanto existe sin al menos tener la capacidad de poder enviar una señal de alivio, de consuelo, de esperanza a todos los que sufren? ¿Y cómo hacerlo?

Me pregunto de qué manera podré ahora vivir cuando viendo todo ese dolor ni siquiera sé por donde empezar con su alivio. Supongo que seguiré unos días más aturdido, desorientado, oliendo aún a esa podredumbre que a veces se acumula en los hacinamientos humanos o escuchando la voz quebrada de esas familias recién desembarcadas. Supongo que seguiré perdido hasta que asuma de nuevo la fortaleza de seguir adelante, de luchar por esa inspiración tan necesaria para el mundo. Seguiré ofuscado hasta que la luz vuelva a renacer en su ciclo maravilloso.

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