El lado oscuro del corazón


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Ayer mientras volvíamos por las arqueadas carreteras de Galicia sentíamos interiormente cierto alivio. De alguna forma habíamos sobrevivido, física y psicológicamente, a la experiencia de estar en un campo de refugiados. Escuchábamos en silencio contemplativo algunos fragmentos de la película “El lado oscuro del corazón” mientras fijábamos la mirada en un infinito que se perdía entre el verde intenso de la naturaleza y los recuerdos amontonados de esas caras desvalidas y sin futuro. Estábamos cansados tras unos días de travesía en barco y aviones. Cerrábamos los ojos y aún sentíamos el zumbido de la marea. Apagábamos la luz y creíamos ver otra barca cargada de refugiados allá a lo lejos.

Recordaba como intentábamos refugiarnos del dolor en la broma o el chiste fácil, en la crítica filibustera sobre todo lo que veíamos, en la queja, la lágrima o el sopor. El últimos día, ya casi de noche, nos fuimos a las orillas del mar Egeo y nos dimos un baño con la mar brava y un frío inusual. Fue nuestra pequeña terapia de choque, nuestro alivio balsámico ante el dolor. Nuestro bautismo hacia un nuevo estadio del ser.

Nos dimos cuenta de que cada uno había vivido la experiencia a su antojo, dependiendo a su vez de nuestra particular experiencia vital. Los que habíamos tenido una infancia dura sentíamos mucha rabia acumulada. Los que habíamos tenido una infancia dulce veíamos todo aquello como parte de un juego de roles donde cada uno interpreta con ligereza su papel asignado. El policía haciendo de policía, el militar de militar, el voluntario de voluntario y el refugiado de víctima de toda la obra dramática. Una obra de teatro que se tejía bajo el manto del sufrimiento humano. Una obra cuya banda sonora era interpretada por los acordes de la sinrazón.

Los egos estaban ahí, algunos cargados de ira, otros cargados de tristeza y otros de debilidad ante la impotencia de cuanto veíamos. Muy pocos, y en pocas ocasiones, teníamos tiempo de sentir algo de compasión. Estábamos tan distraídos por nuestra propia supervivencia psicológica ante la magnitud de lo que presenciábamos que perdimos en muchas ocasiones la disciplina de la entereza, de la entrega, del verdadero objetivo del viaje. Personalmente se me hacía difícil robar sonrisas. Un día me levanté tan abatido que pedí apearme, sentarme en un segundo plano, volver al chiste fácil de meterme con los vascos o refugiarme en los abrazos del ser amado mientras intentaba mirar a otro lado. Admito que la cobardía y el temor se apoderaron de mi alma y sentí la necesidad de refugiarme. De alguna forma sentía hambre por ser otro refugiado buscando el abrigo y la comprensión de un mundo que se empeña en rechazarlos, arrinconarlos, olvidarlos a su suerte. Me creía deportado como ellos. Un damnificado sin hogar, sin tierra, sin familia, sin dinero, sin futuro.

Resulta curioso decir estas cosas recién llegado a un lugar seguro, cálido y amable. Sentado en un cómodo sillón, con un exquisito pijama y unas vistas impresionantes a estas montañas y bosques celtas me veo con la necesidad de autocurarme, de hacerme un profundo examen de consciencia para deglutir toda la miseria interior que nos rodea, toda la oscuridad de la que estoy hecho. Tardaré semanas, quizás meses en retomar el hilo de aquel halo de luz que durante meses me guiaba. Tardaré años en difuminar en la memoria los rostros de los refugiados, viendo en ellos todo lo que nos hace oscuros y todo lo que nos empuja a la cobardía más absoluta.

A pesar de todo, dentro de mí bombea con fuerza una poderosa llama de esperanza. No es algo que pueda entender aún, pero sí es algo a lo que me agarraré con fuerza en los próximos días, meses y años. Sólo puedo hacer eso para poder continuar serenamente en esta vida compleja. Más allá de la cobardía de estos días, del temor a que esto que hemos vivido en primera persona ocurra alguna vez entre los nuestros. Más allá incluso de la debilidad de sacar en los momentos difíciles nuestro lado oscuro, prefiero pensar que un germen de amor y compasión se ha sembrado dentro de nosotros. Prefiero pensar que a partir de ahora nos esforzaremos en ser mejores personas, en no mirar tanto nuestro pequeño ombligo y así poder erguirnos para ayudar al otro de verdad, de corazón, sin miedo.

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