One line


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Estábamos haciendo fotos a la barcaza que desembarcó a los últimos refugiados cuando dos militares nos increparon diciendo que estábamos realizando una acción ilegal. Esa palabra, ilegal, se revolvió dentro de mi con un olor térreo junto con una sensación que provenía de un estadio antediluviano.

Hacer una foto no me pareció un acto ilegal. Si me pareció ilegal el considerar ilegales a personas que huyen de una guerra. O hacinarlos como ganado en un suelo duro sin futuro ni esperanza. Me pareció ilegal los pliegues de horror en algunos rostros, las figuras con miradas perdidas que observaban atentos el oleaje en los muelles esperando falsamente un barco que les lleve a otra tierra. Ilegal me parecía la supremacía egoica de aquellos que dábamos globos, caramelos o comida intentando ordenar la desesperación de los que lo han perdido todo en &one line&, esa maldita expresión que nos empodera como seres altamente civilizados mientras tratamos al otro como a un salvaje y primitivo, carente de alma o sentido existencial. One line no sólo era una expresión injusta y denigrante, sino también la expresión de un fracaso colectivo, de una amañada e improvisada tirita epidérmica ante una herida desesperadamente profunda. Un claro síntoma de nuestro fracaso como colectivo humano, como seres carentes de compasión. Sí, one line, cómoda, uniforme, desprovista de vida, carente de sensibilidad hacia aquellos que han perdido la linea y el hilo de sus vidas. One line para poder dar de forma ordenada un trozo escaso de comida mientras arrebatamos al mismo tiempo lo que aún les queda de dignidad. One line para recordarles lo que son para nosotros, refugiados que huyen, números que escapan de las estadísticas de la legalidad, un futuro problema que ya estamos sembrando en esa perversa one line.

Ilegales me parecian esos militares con sus armas de asalto y sus buques de destrucción masiva que todos pagamos con el sudor de nuestros impuestos. O las banderas que ondeaban orgullosas en buques de guerra o incluso en la cocina solidaria, como si los mismos que intentan ayudar en la tragedia humana olvidaran que ésta nace precisamente de toda la arquitectura racial y cultural que dichas banderas encierran. Fronteras, banderas, naciones, eso sí me parece altamente ilegal.

Ilegales también me parecían esos barracones insolubles donde no existía nada de todo aquello que a los civilizados nos piden para que una vivienda sea legal. Ni luz, ni agua, ni paredes consistentes, ni nada que tenga que ver con un mínimo de dignidad para vivir. Tampoco me parecía legal que de repente te metieran en un barco sin saber si te van a extraditar de nuevo a tu país en guerra, a una isla aún más lejana o a saber qué otro lugar. Porque si ilegal es hacer una foto, aún lo es más no tener papeles, ni nada parecido que pueda identificarte como a un ser humano legal.

Los expertos en legalidad deberían empezar a preguntarse sobre las causas de esta desesperante desgracia humana. Me refiero a si es legal que existan fábricas que fabrican armas. Si es legal a su vez que esas armas sean vendidas por países legales y civilizados a países en guerra. Si es legal que esos mismos países que facilitan la guerra luego se desentiendan de los problemas causados a golpe de talón, olvidando que en su estúpida one line hay cientos de tragedías esperando un futuro, una esperanza.

De todo cuanto hemos vivido, solo he visto un verdadero acto legal. Un día antes de abandonar la isla, nos volvimos a reencontrar con los refugiados que aquella madrugada pudimos atender. Nos vieron de nuevo en la one line mientras aguardaban turno entre empujones y ansiedad para recoger un trozo de pan y nos saludaron efusivamente, alegres y felices por el reencuentro. La mujer de profundos ojos azules que un día antes lloraba desesperada nos abrazó con su mirada de agradecimiento y cariño. Sí, eso y los abrazos generosos de los niños era lo único legal de toda esta terrible situación. Me quedo con esa última mirada que se clavó en un alma destrozada por no comprender del todo la magnitud de tanta tragedia. Una mirada que parecía pedir perdón por ser ilegal en este absurdo mundo. Una mirada dulce que a modo de guiño suspiraba un halo de dignidad futura.

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