Vergüenza en el Egeo


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Welcome to Europe?

Sobre las tres de la madrugada sonaba el despertador. Hoy nos tocaba turno de vigilancia nocturna en el puerto de Chios. Horas antes habíamos preparado el coche con enseres diversos y alimentos en el &ware house&, el centro de operaciones de los voluntarios de la isla. Cuando los refugiados desembarcan en la costa, o a veces a unos metros de la orilla, suelen llegar empapados. El ware house es como un gran almacén de ropa y cosas útiles que pueden servir en un primer auxilio. Desde el centro de voluntarios nos dieron instrucciones precisas de que hacer si lcurría algo. Desde que se puso en marcha el acuerdo con Turquía, país que divisamos muy cerca de aquí todos los días, los desembarcos habían menguado considerablemente. Hacía una semana que no llegaba ninguna patera y nada hacía presagiar que justo en nuestro turno fuera a pasar nada.

Cuando estábamos de madrugada en el puerto sentimos cierto desprecio y trato vegatorio de las autoridades hacia nosotros, meros voluntarios que solo pretenden echar una mano. A eso de las seis de la mañana, apuntando el alba, y para nuestro asombro y sorpresa, llegó una patera con unas veinticinco personas a bordo. Había en ella unas tres familias con siete niños y un bebé de algunos meses. Una mujer de produndos ojos azules, embarazada y asustada, como casi el resto, se escondía de nosotros cuando le acercábamos alguna manta o algo para comer. La autoridad pertinente nos pidió que lleváramos a los refugiados a un lugar lúgubre y sucio, alejado de las vistas de los turistas que desembarcan en lujosos cruceros. Una vez allí quedaron abandonados a la suerte de los voluntarios.

Llegó el servicio médico que unos voluntarios españoles tienen en la isla e hicieron una primera revisión para comprobar que todos estuvieran bien. Los que tenían la ropa mojada eran cambiados allí mismo, tras unas barracas de madera. Nosotros hacíamos lo que podíamos. Ellos intentaban felices mostrarnos direcciones de parientes o amigos que tienen en Alemania, pensando que al estar en Europa habían llegado al paraíso. Nosotros empezamos a mirarnos comprendiendo que la verdadera tragedia empezaba ahora. Estos refugiados eran personas normales, de clase media, seguramente con una vida acomodada antes de la guerra. Llevaban móviles y habian tenido dinero para pagar la patera que les traería a Europa.

Pero jamás imaginarian que el recibimiento europeo consiste en una manta, alguna magdalena y un zumo en un lugar maloliente y apartado. Aún así lo peor no había llegado. Cuando decidieron a qué campo les tocaba ir, les acompañamos andando hasta el mismo. Ante el acinamiento de los mismos, se les recibió en la entrada del campo de Souda, un trozo de tierra abandonada junto a la muralla de la ciudad. Allí el Acnur había instalado algunas carpas y tiendas que gestionaban voluntarios de organizaciones como Samaritan Purse, los cuales se encargan de etiquetar a los refugiados con pulseras de colores y a darles una manta para refugiarse del frío. Todos los voluntarios se quejan de que los gobiernos o las grandes organizaciones como el Acnur están desaparecidos, quedando en manos de los voluntarios de pequeñas Ongs la suerte de los miles de refugiados.

Uno de los peores momentos que hemos vivido en estos días de locura e impotencia ha sido cuando hemos acompañado a los recien llegados a su nuevo hogar, una gran carpa maloliente donde tendrían que compartir suelo con decenas de personas. De repente, indignados por la visión, por la Europa prometida, arrancaron a llorar y sacaros sus cosas buscando algún espacio libre en el suelo, a la intemperie, entre los demás barracones. Nosotros mismos terminamos rotos por la escena y les acompañamos en un llanto cargado de rabia, dolor e impotencia. En ese instante nos dimos cuenta de que terminaba el sueño y empezaba una nueva pesadilla para ellos. La mujer embarazada de profundos ojos azules lloraba desconsolada suplicando por volver a Turquía. Nosotros, avergonzados, queríamos morir por dentro.

Nunca pensé que fuera tan fácil tratar al ser humano como a cosas o como a ganado. Nunca pensé que la dignidad humana, lo único que nos queda cuando lo perdemos todo, pudiera ser arrancada de las oquedades del ser de forma tan miserable. Me pregunto en qué se gastan los miles de millones de euros las autoridades que tan vejatoriamente tratan a los  voluntarios y refugiados para que veinticinco personas no tuvieran ni una simple tienda de campaña donde refugiarse esta noche. Supongo que en la docena de buques de guerra que estos meses patrullan las costas de esta minúscula isla del Egeo para impedir la llegada de más refugiados. Supongo que en los once mil millones de euros que ha costado el tratado de Turquía. O en los chalets y coches que un Acnur ausente, excepto en su propaganda de plástico, se gasta estúpidamente.

Hoy hemos sentido una gran impotencia, pero sobre todo, hoy nos hemos avergonzado profundamente de ser europeos. Mañana veremos a estas familias de recién llegados en las interminables colas de comida. Les daremos un huevo y un trozo de patata y ahora sabemos que no podremos mirarles a los ojos. Seremos nosotros los que busquemos desconsolados refugio en sus almas.

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3 thoughts on “Vergüenza en el Egeo

  1. Pingback: De Siria a Turquía. Y luego, ¿qué? | Mediterraneo

  2. Javier
    duro alegato sobre la insolidaridad europea, tienes razón cuando nos roban la dignidad, nos roban la última condición que conscientemente nos identifica como seres humanos.
    Ánimos y un fuerte abrazo
    Fitche (JRC)

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