La tristeza oculta


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Hoy ha sido un día extremadamente duro para todos. Empezamos la mañana con la noticia de que toda la gran olla de lentejas que sobraron ayer se estropearon por falta de frío. Por una norma de racionamiento que no entendemos cada plato de comida no pesa más de doscientos gramos. Esto es una cantidad muy ridícula, algo así como una tapa de esas que te ponen en cualquier bar cuando tomas algo para beber. Por la noche la cena se reduce a un vaso de sopa que unos simpáticos coreanos se encargan de hacer bajo el lema vegano. Ante la escasez existen momentos de gran tensión a la hora de repartir y entregar la bandeja de alumio, el tenedor de plástico y un pequeño y siempre ridículo trozo de pan. Tensión, peleas y picaresca ocurren cuando compruebas que casi siempre el continente vale más que el contenido.

A veces tenemos la vaga impresión de que todos los recursos que se movilizan para aparentemente ayudar a los refugiados solo sirven para hacernos la foto de turno y lavar nuestras consciencias. Otras veces, sin embargo, nos preguntamos qué sería de ellos si no fuera por la labor desinteresada de los mismos. Resulta muy difícil y agotador encontrar un punto de equilibrio ante tanto extremo.

Tras repartir la comida y comer nosotros algo intentamos acceder vestidos de payasos al campo de refugiados del Vial, un lugar aterrador donde no dejan entrar a nadie. En la puerta rodeada de alambres y vallas tuvimos la suerte de topar con tres policias que al vernos, atónitos por la sorpresa, decidieron dejarnos pasar. Conseguimos reunir, para nuestro asombro por haber traspasado con éxito la primera línea fronteriza, a un nutrido grupo de niños que de forma extrañamente educada se sentó a nuestro alrededor mientras inflábamos la bola del mundo que llevábamos. En ese instante y a los pocos minutos de estar allí dentro apareció una segunda patrulla de policia que de muy malas formas nos echó del recinto. Marian, quebrada por dentro suplicó que nos dejaran repartir al menos unos caramelos. Todo fue inútil. El caos se apoderó de ese momento y la tensión venció la batalla.

Más tarde ocurrieron más cosas que por desagradables es mejor omitir. Terminamos el día llorando ante la impotencia y la rabia de todo cuanto estábamos experimentando. Sentimos cierta derrota, cierta sensación de fracaso colectivo, como si dentro de nosotros sintiéramos inconscientemente que algo no está  bien entre el género humano.

Cuando miramos a cada uno de esos niños, cuando abrazamos sus cuerpecitos inocentes se nos rompe el alma por dentro. Cada uno de ellos vive un drama inconfesable que esconden tras su mirada y sonrisa. Cada uno de ellos presagia un futuro totalmente incierto. Nosotros, impotentes ante la magnitud de la tragedia que contemplamos, nos quebramos por dentro en un dolor y tristeza inconfesable.

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