Desde la isla de Chios. Vidas que cuentan


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Al cansancio acumulado de estos días se sumó una larga noche de travesía desde el puerto de Atenas hasta la isla de Chios, a pocos kilómetros de las costas de Turquía. Trece horas de navegar intenso y de nuevo sueño desvelado en el suelo del barco. Por suerte esta vez había moqueta y la dureza del suelo era amortiguada por la ficción de esa tela que cubría la proa de la gran embarcación. Sin duda, nada que ver esa dureza nuestra con la dureza de los sueños de los refugiados. Tierra o cemento cubierta por la fina piel de una delgada capa de tienda de acampada que debe soportar todas las inclemencias del tiempo y de la vida hacinada de los campamentos.

Tras pasar por la isla de Samos llegamos a las seis de la mañana a Chios, una isla desoladora en mitad de un Egeo que nada tiene que ver con las imágenes bucólicas de paraísos blancos y azulados. Los turistas de estas islas son afganos, sirios, iraquíes, paquistaníes, eritreos y un largo listado de países que nos costaría situar en el mapa por no tener constancia de sus guerras, genocidios o catástrofes humanas que los asolan. Tras desayunar algo en el puerto alquilamos un coche y nos dirigimos a nuestro seguro refugio. Desde allí nos condujeron hasta un campamento base donde voluntarios de muchos países organizaban las donaciones de ropa y comida para luego distribuirlas entre los cientos de refugiados que todos los días llegan hasta las costas europeas.

Tras ponernos al día de la situación nos dirigimos hacia la cocina de Zaporeak, la ONG de origen vasco que da de comer todos los días a miles de personas entre los campos de Souda y Depethe. Al campo del Vial, al que ellos llaman campo de concentración, no les permiten entrar. A ese campo solo se puede entrar o salir con permisos especiales y hasta hace poco nadie podía salir del mismo. Es como una cárcel para refugiados donde se hacinan almas cuya desgracia aún es mayor, pues, según nos cuentan, la comida que allí reciben hasta es de peor calidad que las que preparan los voluntarios de las ONGs que se han desplazado hasta aquí. Nos llamó la atención que incluso una de ellas es una ONG de Corea y se encargan de hacer la comida con la peculiaridad de que toda es vegana.

En la cocina de Zaporeak, ubicada en un antiguo museo reconvertido en provisional campo de batalla culinaria había un trajín de voluntarios que cortaban berza o zanahorias mientras que otros hervían en grandes ollas toneladas de arroz. Nos sorprendía lo difícil que resulta crear algo de consciencia cuando hay que cocinar para unas dos mil personas y que todo se haga de forma armónica y a tiempo. La labor de estos voluntarios está cargada de esperanza porque ellos mismos se preguntaban qué sería de esa gente si no estuvieran allí pequeñas ONGs como la suya que atienden las necesidades básicas. Una de las cosas que más piden, además de medios, son precisamente manos. Te sientes algo ínfimo ante la magnitud de la catástrofe humanitaria, pero al mismo tiempo, imprescindible para que todo el engranaje funcione. De repente se creaba una cadena humana que permitía que el alimento llegara puntual a las dos de la tarde y fuera distribuido entre todos aquellos errantes del destino.

Esa quizás es la parte más dura de todas. Ante la escasez y la necesidad el ser humano a veces se vuelve egoísta e insensible. Las colas o filas para repartir la comida de forma civilizada a veces se convierten en un polvorín a punto de estallar. La picaresca para repetir el plato de comida se reproduce constantemente. Nosotros hacíamos lo que podíamos para repartir con dignidad ese poco alimento que tocaba a cada uno. Intentábamos sin mucho éxito mirarle a los ojos, dedicar un instante a compartir algo de amor. Sólo fue posible con algunos, y quizás luego más tarde cuando tras comer jugábamos un poco con los niños o hablábamos con algunos adultos.

Hay mucho trabajo aquí y seguramente en los cientos de campos de refugiados esparcidos por todo el Mediterráneo. No quiero imaginar cuantas serán las manos que diariamente harán falta para que por lo menos a esta gente, a estas personas de carne y hueso no les falte de nada. Cuando estas aquí descubres que tras la tragedia hay detrás vidas que cuentan. Una tras otra se las puede mirar desde fríos televisores de plasma o venir hasta aquí para abrazarlas y acompañarlas en su trance. 

No se trata de venir para hacerte la foto de turno y ensalzar un ego doliente. Eso está bien porque de alguna forma puedes dar algún tipo de testimonio y animar a otros a que vengan. Más bien se trata, tras la foto, de soportar juntos la tragedia del otro. De acompañar el dolor humano, sin más.

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