Desde el Pireo, campo de refugiados de Atenas    


Volamos desde Madrid a Roma donde tuvimos una escala de suficientes horas como para poder ver algo de la ciudad. El mundo caótico de las urbes gigantes nos impactó. El ruido, la contaminación y la decadencia de una cultura, la consumista, que contrastaba con aquella que levantó una ciudad milenaria y cuyos restos aún nos siguen impactando. Roma sigue siendo la ciudad eterna a pesar de que es también un puro reflejo de la conquista del humano-máquina relegando la belleza de plazas y calles hermosas a un ensordecedor devenir. Hacía más de una década que no visitábamos esa hermosa ciudad, pero nos dimos cuenta de que esos diez años no habían provocado más que una triste imagen que en nosotros se revelaba artificial y alejada de la vida. Las ciudades siguen siendo reductos para coches y ruidos. El humano es tan solo un reducto que se aparca en apartamentos cada vez más pequeños y oscuros.

Pasamos la noche en el aeropuerto de Atenas. Encontramos un rincón donde poder tumbarnos en horizontal en el suelo hasta que a las cuatro de la mañana nos despertaron diciendo que allí no se podía dormir. Los cuatro nos miramos asombrados, interrogándonos sobre dónde entonces se podría dormir a esas horas en aquel lugar. Como no pegamos ojo en toda la noche, temprano cogimos el autobús que nos llevó directamente al puerto ateniense del Pireo, el último reducto de la vergüenza humana, pero al mismo tiempo, y paradójicamente, el último reducto de esperanza.

A pesar de que llevaban días desmantelando el campamento, aún quedaban unas dos mil personas durmiendo en tiendas de acampada en el duro suelo del puerto marítimo. La pobreza extrema de esa situación contrastaba con los cruceros de lujo que esperaban unos metros más adelante. “Lo están desmantelando porque es una mala imagen para el turismo”, nos decía uno de los voluntarios que desde hacía tres meses atendía durante catorce horas al día todos los días de la semana las necesidades de aquellas personas. No siempre hay comida para todos. El desayuno no es frecuente y muchas personas se quedan sin comida al mediodía. Las horas y los días pasan en una rutina cargada de incertidumbre. Pocas novedades en el campo. Alguna pelea, el incesante trajín de la policía, la visita de algunos payasos despistados, nosotros, que ocurrentes, parecíamos marcianos en un mundo extraño.

Nos desplazamos hasta el centro del campamento con nuestros bártulos y de repente empezaron a llegar niños de todas partes. Empezó el espectáculo, la risa, y rápidamente conectamos, más allá de la tragedia, con eso que nos hace únicos como humanos. La risa empezó a fluir, los abrazos empezaron a tener su efecto. A pesar del cansancio que arrastrábamos recogimos fuerza de aquellos niños que lo habían perdido todo: un país, una identidad, una seguridad de pertenecer a alguna parte, sus casas, sus recuerdos, su infancia y casi siempre a sus propias familias. Una generación rota por las guerras, por una más o por otra más de las tantas que año tras año se tejen en un mundo feroz e impasible.

En el campamento no había ninguna bandera europea, ni tampoco ningún tipo de cosa que pudiera desvelar la solidaridad institucional, excepto aquellos voluntarios que vienen de todas partes del mundo para echar una mano. De nuevo la sociedad civil que se solidariza con el otro, con situaciones dramáticas mientras que los políticos de turno limpian aquellos lugares no de la suciedad que se va acumulando, sino de aquellos humanos que sin nada, pueden estorbar a los turistas.

Tras esta primera toma de contacto con la tragedia decidimos continuar el viaje hacia la isla de Chios, muy cerca de las costas con Turquía, a ocho horas de viaje en barco por el mar Egeo. Allí de nuevo nos espera la tragedia, pero sobre todo, de nuevo la esperanza.

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