Somos inmensamente maravillosos


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Somos inmensamente maravillosos. No importa nuestros errores. Los vamos a cometer una y otra vez. Tampoco importa cuantas veces hagamos de nuestra vida un fracaso. A veces fracasamos en el trabajo, en los proyectos, en los estudios, en la familia, en las relaciones, en la vida entera. A veces da la sensación de que toda nuestra existencia desde que nacimos se ha tejido en la calamidad. Pero hay algo que nos hace grandes y únicos. El levantarnos a cada momento de las estampidas, de los agravios, de las desgracias. A veces lo hacemos solos. Otras alguien nos tiende una mano, o nos da un sentido abrazo o nos sonríe. Y entonces sabemos que no estamos solos, que podemos seguir adelante, que podemos seguir soñando en la matutina esfera de los amaneceres.

Nadie dijo que la vida fuera fácil. Eso es cierto y lo podemos comprobar cada mañana cuando deseamos alargar un poco más el sueño, el duermevela. O cuando abatidos, en algún momento de desesperación, deseamos morir cuanto antes. A veces caemos en la desesperación y otras en el olvido. Sufrimos como niños abandonados o como seres que se descuelgan en una guerra donde todo salpica al más escrupuloso de los deseos y lo perdemos todo. Perdemos amigos, parejas, cosas, propiedades, trabajos, éxito, honores, compañía, salud, orientación y lo peor de todo: sentido. Ha ocurrido momentos en nuestras vidas donde todo se derrumba de repente. Hay momentos donde te convierten en un despojo inservible, sin derecho a vivir, sin derecho a opinar, hablar o respirar.

Nicolás de Cusa decía que el mundo era como un Dios contraído. Nosotros formamos parte de esa contracción, de esa divina y celeste proporción que aparece siempre como un misterio, pero también como algo alcanzable, algo medible desde nuestras posibilidades. Cuando todo se derrumba nace siempre un halo de esperanza. Nace siempre un poder genuino que respira y nos dota de más vida, de más poder para alzarnos contra la adversidad.

Y luego está el amor, esa cosa que nos empodera, que nos congoja, que nos libera y se contagia. Esa persona amada que se acerca sigilosa por detrás y te abraza estrechamente, besando tu nuca, soltando una mueca divertida mientras roza su cabello contra el tuyo. Esa persona que no te juzga, que te ama a pesar de todo, que te quiere tal como naciste, tal como creciste, tal como te expresas en este instante. Esa persona que te mira a los ojos infinitamente buceando más allá de tus heridas, más allá de tus faltas hasta que logra, no sin esfuerzo y trabajo, abrazar a todo tu ser. Ese amor desprendido y sincero que no busca nada a cambio sino que entrega y entrega viendo como crece por dentro todo lo que da.

También ese amor hacia los seres sintientes que nos acompañan, a ese caballo que palpa con sus grandes ojos tu costado más débil para dotarlo de fuerza y cariño o a esa ternera que pasa desapercibida entre los prados verdes. Alguien nos suplicó que cuidáramos de ellos, que los amáramos de igual forma, que los protegiéramos de las bestias nocturnas. A veces, más veces de lo que creemos, lo olvidamos.

Aún estamos a tiempo de reconciliarnos con la vida a pesar de todo. Aún podemos alzar el vuelo hacia formas de existencia que superan nuestra mirada, pero que están ahí, esperando nuestra danza, nuestro baile nupcial. La belleza, el néctar y las mieles del espíritu esperan nuestro paladar, nuestra necesidad de abarcar aquello que desconocemos pero que nos asombra ante su misterio. La música danza expectante para ser alcanzada por la sutileza de nuestros sentidos. El ser espera manifestarse para elevarnos a una vida más amplia y verdadera. A pesar de todo, nunca olvidemos que somos inmensamente maravillosos, que somos parte de un mundo contraído que explota dentro de nosotros. A cada instante.

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