Perder el miedo y ganar en amor


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Esta mañana me llamaban de TeleCinco y la Sexta para entrevistarme de nuevo en televisión. Ante tanta insistencia, pues al parecer uno de los libros está causando cierta curiosidad, no por méritos míos sino ajenos, he decidido ser amable con el oficio periodístico pero desde mi ventana. Así que en estos días serán ellos los que vendrán a entrevistarme a mi humilde caravana y no yo el que vaya a los platós. Como digo, seré amable como siempre y haré lo que pueda para compartir de esa forma tan tímida mi parecer sobre los asuntos que me expongan. Lo haré sin miedo y con todo el amor del mundo.

Cuando una de las periodistas me preguntaba porqué vivía en una caravana le contestaba con absoluta sinceridad. Me siento libre y feliz. He perdido todo mi dinero, todos mis ahorros y muchas cosas en el camino pero a cambio, he ganado en sentido, en intención vital y en ecuanimidad. Es decir, he perdido todo el miedo que tenía a la vida y he ganado en amor. Por eso cuando esta tarde estábamos en la playa de Riazor ensayando con nuestra querida Chus para nuestro próximo viaje a Grecia donde intentaremos robar alguna sonrisa a los niños me sentía plenamente satisfecho. Soy consciente de que no será mucho lo que podamos hacer con los refugiados, pero cumpliremos con nuestro deber moral, con nuestra parte individual en una colectividad sufriente y desgraciada.

La vida resulta apasionante desde esa esfera de complacencia con el amor y ausencia de miedos. Es cierto que nos pueden ocurrir cientos de cosas cuando arriesgamos un poco más, cuando apostamos un poco más por la aventura del vivir. Pero también es cierto que ante el inmovilismo y el miedo es poco lo que vivimos. Nuestros espacios de seguridad, aquellos que han nacido para procurar calor a nuestras vidas, resultan sencillamente preocupantes para el espíritu que se levanta en nosotros. Hay algo que nos debe impulsar al cambio, a esa sensación de seguir libremente los designios, a veces locos, de nuestro estimado corazón. No es cuestión de hacer cualquier cosa, sino aquello que nos procure felicidad verdadera y absoluta, es decir, aquello que nace de lo más profundo de nosotros.

Los escenarios están ahí. Se pueden modificar fácilmente. Hoy puedo vivir en un palacio y mañana en una humilde caravana. Realmente nada de todo eso importa si por dentro no se ha movido ni un ápice nuestras estructuras. Es lo profundo, aquello que el poeta llamaba ocasos y arquetipos lo que realmente debe cambiar. Cuando nuestro héroe interior despierta y emprende la aventura de la vida, se vuelve un guerrero, un libertador de sus miedos, de sus seguridades, de sus barreras. Dejamos de tener temor y empezamos a buscar aquello que los pieles rojas perdieron alguna vez: la gloria. ¿Por qué estáis tristes si tenéis tierras y dinero y de todo? Porque hemos perdido la gloria, respondió un piel roja a un rostro pálido al ver como todo su pueblo, o lo que quedaba de él, sucumbía en la modernidad blanca.

La gloria solo se puede conseguir desde el amor, desde la ausencia de miedo, desde el desapego hacia todo lo que nos rodea. La libertad de expresar ese amor solo puede ocasionar vivir una vida más intensa, más verdadera, más real. No hay nada que perder porque ya lo hemos perdido todo. Solo es cuestión de tiempo. Por lo tanto, disfrutemos. Busquemos nuestra propia gloria. Busquemos en el amor la libertad de ser.

 

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