La naturaleza del amor, o cuando el amor llega así de esa manera


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Todo lo que ocurre en la vida, o al menos eso queremos creer, responde a algún tipo de propósito. También nos gusta llamarlo misterio, por eso de que dentro de cada hecho o fenómeno existe un arquetipo superior que le da vida y sentido. Ocurre lo mismo con todo lo que nos ocurre en los planos no solo materiales, sino también en los emocionales e intelectuales. Cada paso que damos encierra un misterio. Por eso cuando aquella noche nos abrazamos sentimos como el misterio se volvía a manifestar, como el arquetipo, esta vez el del amor, volvía a cobrar vida.

Esta vez lo hacía de forma pausada, amable, sincera. No había subterfugios, ni exigencias, ni demandas, ni promesas, ni ficción. Surgió suave de una necesidad vital por abrazar al otro, por amar al otro y fusionar así las causas mistéricas con los efectos inevitables.

Un abrazo sincero nacido del amor, y no del miedo, de la generosidad y no de la exigencia, de la aventura y no del aburrimiento. También de la paz interior, porque cuando más bien estábamos los dos en nuestros respectivos mundos, cuanta más paz y amor había en nuestras vidas, resulta que ambos quisimos compartir ese trozo de felicidad con el otro. Por eso no había huida, sino encanto, hechizo, magia. El otro no era una excusa para llenar vacíos, sino una oportunidad para compartir un rebosante fluir existencial.

Y ahora nos sentimos privilegiados, dichosos, como esos enamorados que se esconden en los rincones para tímidamente besar la vida y sentirla en toda su plenitud. Como esos avatares que te conducen a lo inevitable, como si solo así pudiera haber sido y no de otra manera. Y ahora, en este tiempo, y no en ninguno otro. Como si nuestras diferencias no fueran suficientes para desterrar el deseo, sino más bien un aliciente para seguir aprendiendo el uno del otro y aspirar a contemplar nuevos mundos posibles.

Y si el “ama hasta que te duela” se convirtió en “amor es relación”, ahora el amor nos inunda tímidamente, sin verbo, sin palabra, sin ruido. Solos desde esa atalaya inmortal de silencio y complicidad, de guiño y connivencia por sabernos ante una oportunidad única.

Cuando la naturaleza del amor nace de la sinceridad y la generosidad uno se atreve a pensar que la última palabra aún no está dicha, que la verdad sobre las cosas más grandes de nuestra vida siempre reside en lo más sencillo y cercano. Por eso ahora cada momento resulta imprescindible, único, irrepetible. Por eso ahora podemos amar y ser amados sin miedo, sin atajos, sin rencillas.

Cuando el amor llega así de esta manera, lo único que podemos hacer es disfrutarlo completamente, abriendo nuestros poros para que nos atraviese y apostando por ese sueño imposible, pero palpable. Rozar cada uno de sus intersticios y densidades, sentir cada uno de sus rostros y caricias.

Gracias de nuevo a la vida, y sus misterios, porque nos da tanto.

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