Los ciclos y el eterno retorno


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Tuve la suerte de poder vivir en la ciudad universitaria de Göttingen, en el sur de la Baja Sajonia alemana. La vida estudiantil de aquellos tiempos me devolvió a un sentido estoico de la existencia. Fortaleza interior y dominio aparente sobre todas las circunstancias que iban apareciendo en ese caminar en un tiempo hermoso pero convulso. Era la guía que me llevaba de un lugar a otro, dejándome arrastrar por las vicisitudes del espíritu. Curiosamente compaginaba mi vida en Alemania con otra doble vida en un lugar al que me gusta llamar La Montaña de los Ángeles. Santa María de los Ángeles era no sólo el topónimo de un espacio físico, sino también sufría la importancia de un arquetipo simbólico que en esos tiempos de cambio y madurez interior me impregnaba.

La vida siempre es cíclica. Te da nuevas oportunidades para enmendar aquellos caminos que no siempre fueron agraciados. Hacer bien las cosas no siempre es posible porque a veces quedamos desbordados por los avatares de la existencia. De alguna manera tropiezas una y otra vez con una misma piedra de la cual terminas enamorado. Tras pasar unos meses en Göttingen me marché a vivir a una granja de caballos algo más al norte, en un hermoso paraje entre Lüchow y Dannenberg, en las verdes e intensas planicies que se esparcen junto al río Elbe. En aquellas vivencias conocí a gente impresionante mientras mantenía una estrecha relación con el Loco de los Asientos, un hombre peculiar que influyó de alguna manera aquellos días. Todo era complejo al mismo tiempo que apasionante. La crisis económica acababa de empezar y nadie estaba preparado aún para ello. Ni nadie, en ese momento apasionante, me advirtió de lo que podría llegar a pasar.

Tras atravesar media España de norte a sur, hoy me despertaba en Galicia cerca de las rías que apuntan al océano Atlántico, en un paraje impresionante de verdes colinas muy parecido a los parajes que hace casi diez años disfrutaba en la Baja Sajonia. Para mi sorpresa, el lugar donde me encuentro, muy cerca de Santiago de Compostela, se llama Santa María de los Ángeles. Por un momento he tenido la sensación de que este lugar es como una especie de nodo que tiene un importante mensaje que revelar. Es como si todo lo que hace diez años pasó, de repente desencadenara en estos prados, en estos paisajes, una nueva oportunidad. Como si el ciclo mágico de la Montaña de los Ángeles terminara aquí para empezar un nuevo ciclo, una nueva congruencia para hacer bien las cosas, para dejarme arrastrar por la fortaleza del espíritu más allá de los avatares de la ocasión y las circunstancias.

De nuevo me sentí abrazado por el amor y de nuevo le abrí la puerta para que se revelara como único camino posible hacia la verdad humana. Pero esta vez desde la madurez que el camino siempre te aporta, desde la perspectiva de aquello que se subleva ante el inevitable ciclo de los retornos. Como si la vida se volviera a desplegar de nuevo ante el inminente retorno a los caminos.

Me siento emocionadamente agradecido por estas extrañas señales, por estos hermosos momentos y por esta vida compleja que siempre termina recompensando los esfuerzos, las caídas, los errores. Hay algo que se entrelaza en un diálogo mágico con la existencia. Hay grietas que te permiten observar con cierto halo de sabiduría interior aquello que son signos claros para continuar en el camino, en nuestra siempre senda verdadera. La intensidad de este momento me demuestra que las cosas siempre ocurren por algún motivo extraño. El Loco de los Asientos vuelve a la oscura cueva. Mientras, los prados verdes se desvelan de nuevo para emprender la aventura. Me siento afortunado. Me siento profundamente vivo. Me siento eternamente agradecido por ser de nuevo un dócil nibelungo errante. Ahora solo cabe volver a caminar atento, con esa dulce sabiduría de la experiencia. Deseo recolectar las mieles de aquellos viajes y que el camino sea dichoso y calmo.

(Foto: casas en Weitsche, lugar del norte de Baja Sajonia donde viví durante un tiempo).

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