Anoche me convertí en estrella


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Si durante tres horas tienes la capacidad de estar atento a un cielo estrellado es porque de alguna forma has conectado con cada una de esas luminarias que hay en ese inmenso plano celeste. La bóveda penetra en ti, la atiendes en sus poros, en su presencia infinita dentro de tu limitada capacidad para entender. No secuestras nada, ni siquiera la luz que se derrama entre tu bello y tus talones. Sólo dejas que cada átomo de existencia de esa planicie estelar te preñe por igual.

Entonces ocurre que trazas un hemisferio al que perteneces. Es una especie de magia, como si de repente, de tanto observar, de tanto contemplar el infinito, éste penetrara en ti. Y te conviertes en estrella, en luminaria, y la luz brota por los raudales, por las fuentes espumosas. Es como si el legado de toda la existencia encajara a la perfección en ese instante. Una fuerza, un poder, un imposible vaivén de maravillas te poseen.

Ocurrió ayer. De repente me vi a oscuras observando el infinito. Sin darme cuenta habían pasado tres horas de atenta escucha activa, de paciente y amoroso clamor hacia lo que allí estaba ocurriendo. Desperté del letargo con los ladridos del perro que jugaba con la yegua para que no entrara a una zona prohibida. Hacía frío, era ya de noche, pero aún pude seguir un poquito más.

Luego no podía dormir. Era como si al convertirme en estrella tuviera que estar vigilante. Parpadeaba entre sueños y desprendía una luminiscencia especial. Una postura incómoda o quizás algún miedo no localizado hizo que mi espalda se resintiera. Pero luego recordé que las estrellas no tienen espalda, y que por lo tanto, podría seguir soñando, iluminando en mi orbe celestial.

La experiencia fue franca, sincera. No había una intención. Simplemente ocurrió como esas cosas que son buenas y tienen que ocurrir. Quizás fue una llamada del arquitecto de todas las cosas, o quizás simplemente un regalo, una especie de don, de entrega que viene de lo invisible para recompensar la soledad que se sufre cuando desde muy pequeñito creíste que eras solo una pobre e incandescente piedra. Pero cuando por algún tipo de milagro la piedra tiene esa capacidad de convertirse en estrella, en sol radiante de vida infinita, el hado de todas las cosas te inunda y sientes la necesidad imperante de compartir un trozo de la misma.

Creo que todos merecemos alguna vez vivir semejante experiencia. No importa de donde o de quien venga. Simplemente es cuestión de estar atento, de saberte acompañado, de sentirte humanamente convencido de que en alguna parte hay un presente para ti. A lo mejor no es lo que esperabas. Quizás el presente sea una llamada, un abrazo, un gesto, el guiño de un ojo radiante o una sonrisa. Tal vez ese pequeño gesto, con un poco de corazón, pueda convertirse en algo grande, único, maravilloso.

Eso me ocurrió ayer. Durante tres horas creí vencer algún miedo y me elevé y me sentí dichoso y pleno. Así que gracias a los duendes de la noche, a los seres invisibles, a esas entidades que nunca vemos pero que de alguna forma intuimos. Gracias a esa llamada, no importa quien la hiciera y de donde viniera. Ni siquiera importaba la excusa, el motivo. Sí, podría ser cualquier cosa, pero anoche me convertí en estrella.

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