Aprendiendo a no hacer


 

Desde hace ya unos meses estoy aprendiendo a no hacer nada. Es una de las prácticas más difíciles a las que nos enfrentamos hoy día. Una sociedad distraída como la nuestra, que prefiere que tengamos un perfil bajo en cuanto a crítica y distensión del pensamiento, ha secuestrado nuestra atención para proclamar el reino del entretenimiento. Esto parece una estupidez, pero si lo miramos con cierta atención, mientras estamos entretenidos de alguna forma nos alejamos de las cosas esenciales de la vida. Especialmente, nos alejamos de eso que llamamos ser, nuestro ser profundo, nuestro alma que nos anima por estos recovecos de la existencia.

Por eso desde pequeños nos inculcan a hacer mil cosas. En la escuela, en las actividades extraescolares, con los deberes. Nadie nos invitó nunca a meditar, a contemplar un atardecer o a dar un paseo observando la vida que recorre los espacios. Cuando somos mayores ya no tenemos remedio. Cuando no estamos trabajando buscamos alguna opción “para no pensar”. Ver una película, ir de compras, consumir cualquier cosa. El pequeño tiempo que tenemos para no hacer absolutamente nada lo dedicamos justamente a todo lo contrario: “a no pensar”.

En la montaña y los bosques siempre hay mucho trabajo, pero estamos aprendiendo a administrarlo según el tiempo, las necesidades o el ánimo. No hay una obligación por hacer cosas ya que dentro de nuestra nueva escala de valores hemos dejado de comprar, consumir, pagar hipotecas o recibos de luz y agua. Al no tener todas esas cargas sobre nuestros hombros, podemos administrar el trabajo de forma diferente y por lo tanto, nos quedan algunas horas para el disfrute, para el no hacer nada. Esta es una de las cosas más esenciales de la vida en comunidad. Al compartir los espacios, ganamos en tiempo.

Esto no significa entrar en un estado de ánimo donde la vagancia y la ociosidad nos invaden. Todo lo contrario, aprendemos a no hacer para entrar en otras dimensiones, en otro tipo de pensamiento, en una docilidad que nos permita reencontrarnos con nosotros mismos, apaciguar nuestras vidas y ser más felices. Al reeducarnos en el no hacer cambia nuestro temperamento, nuestra fuerza se transforma de forma positiva y el semblante se relaja para mostrar rostros alegres y suaves. Nos volvemos más imaginativos, conectamos con el misterio de la vida, meditamos e integramos nuestras emociones y pensamientos en una acción relacionada. Sumergimos nuestra vida abstracta a un plano de belleza interior cargada de posibilidades donde la magia de la existencia deja de ser un simple decoro.

Las cosas dejan de aburrirnos. Cualquier cosa que ocurra puede llegar a ser una aventura. Los días son diferentes porque podemos administrar el tiempo en cosas muy diversas. Trabajar el no hacer, la no acción, también te comunica con una parte de ti diferente, especial, íntima. Una parte que cuando es compartida crea lazos de cariño y amor, de belleza y armonía. La creatividad, el arte, el encuentro con energías antes desconocidas producen un halo de profundo recorrido.

La vida en su conjunto se vuelve bella. Con los meses y con los años no solo se consigue vivir con menos y necesitar menos si no que eso mismo condiciona la posibilidad de hacer menos cosas, pero de mayor calidad. Aprender a no hacer te revela un mundo inimaginable. Es como franquear las fronteras de lo limitado y alcanzar con la mirada interior un mundo infinito. Al dejar de hacer cosas, aprendes a hacer la cosa más importante para la que hemos nacido: vivir.

(Foto: dos momentos de “no hacer” hoy en los bosques con Geo y Rocío).

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