Guiados hacia nuestro propio destino


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Por la mañana me despedí feliz de todos. Una vez más me tocaba afrontar el noble oficio de guardián del lugar durante diez largos días. Diez días de soledad siempre dan para mucho, especialmente cuando son miles los proyectos, las ideas y los lugares misteriosos a los que transitar. Me fui corriendo a la caravana, encendí la estufa porque hoy hacía un frío de mil demonios. Una vez calentadas mis congeladas manos cogí un libro y empecé a leer. En algún momento de la página cincuenta me quedé traspuesto. En entrevelas escuchaba la yegua, las cabras, la lluvia, las gatas, las gallinas, el viento, el susurro inapreciable del bosque entero. Cuando desperté, empecé a escribir sin poder parar el primer capítulo del libro que había prometido editar junto a un conocido escritor. Lo escribí de un tirón, no sé si producto del remordimiento por haberme quedado dormido en tan plácida ensoñación o por haber robado el fuego de los dioses desde esa otra dimensión onírica.

Así ocurren las cosas, pensaba. Había ideado poder empezar el libro en unas cuatro semanas, no antes de haber leído al menos parte de la extensa bibliografía de mi homónimo escritor. Mi semejante estaba en París y seguramente a su vuelta se marcharía a algún otro país exótico para deleitar con su pluma a periódicos y exigentes editoriales. Para qué molestar tan pronto. Yo seguía en mi caravana, imitando un poco la vida austera de Diógenes, intentando satisfacer a un maestro de la escritura desde mi longeva timidez y escasa pluma. El tema del libro, que no es baladí, surgió hace muchos años en algún paseo nórdico. Observo con el pasar del tiempo que hay cosas, hechos en sí, que ocurren dentro de un orden extraño. Te pierdes por un bosque y ahí nace una idea. Esa idea hiberna dentro de nuestro sentir, apaciguada por el paso del tiempo, esperando. La expectación dura hasta que un día se entremezclan varios acontecimientos. Un poco de agua, de calor y buena tierra hace que esa idea germine. Y cuando ocurre, y sobre todo, cuando en algún lejano día da sus frutos exclamas asombrado: ahora entiendo porqué me perdí en aquel oscuro bosque.

Quizás por eso hoy me quedé durante dos horas traspuesto. Debía hacerlo para adelantar la hazaña, para destripar con palabras el asunto convenido. Diez días por delante de soledad darán para muchas cosas, pero sobre todo, para desentrañar más proyectos, más ideas, más sueños, nuevas esperanzas. La soledad ya no es un pretexto para el arte, para la ensoñación, para la virtud. Es también un encuentro con el absoluto, con el misterio, con la dicha de producir extractores y recoletos que nos aproximen a eso que vagamente llamamos el ser.

A veces nos empeñamos en mirar a la eternidad desde un ángulo recto, y despreciamos toda su riqueza, toda su infinita dimensión. Por eso hay que estar atentos siempre a todo lo que nos ocurre. Sin duda encierra un mensaje, un misterio, una fuerza, un potente camino que puede desentrañar la madeja de nuestras vidas. Perderse en un bosque, quedarse dormido, llenarse de tristeza, abocarnos a un abismo aparentemente sin sentido. Cualquier hecho, cualquier acontecimiento puede llenar nuestras vidas de infinita sabiduría y virtud. Y lo más importante, nos puede guiar hacia nuestro propio destino.

Me siento afortunado. Todo un bosque, prados y montañas aguardan mis paseos solitarios. Quizás bajo la atenta mirada de alguna rama vuelva a dormirme, o a perderme en tan intensa arboleda. Quizás en estos días vuelva a sembrar alguna idea que de aquí a diez o veinte años germine en otra nueva primavera. Estaré observante, atento, prevenido. Nunca se sabe.

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