La hermosura de vivir en una casa a la que se entra por un gran telón de teatro


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La eternidad está enamorada de las cosas del tiempo” William Blake

Ya sé quien eres”, me dijo. “Eres Peter Pan. O Couso es el maravilloso país de Nunca Jamás y tu cometido es acoger a los niños perdidos que se acercan a ti”. Me encantó el comentario y solo hoy, cuando María hizo la observación sobre nuestra particular entrada a la casa, con su gran telón escarlata de teatro como puerta, me di cuenta de que realmente Carmen tenía razón. Se abre el telón, entramos en la casa y empieza la función mágica de Nunca Jamás. Encendemos la chimenea, nos miramos a los ojos, rozamos nuestras manos para calentar los corazones, nos abrazamos, cantamos, reímos, nos olvidamos del tiempo y nos enamoramos de la eternidad de estar juntos. Los corazones vibran, se abren, se apoderan del espacio. Las máscaras quedan lejos, allí, en la ciudad, y las almas empiezan a hablar, a respirar, a reconocerse entre montañas, lluvia y prados.

Es así como empieza todo. Luego damos un paseo por el bosque mágico, observando a cada instante los rincones por si por casualidad algún duende pasara por ahí. Salta la rana, nos sobrecoge el canto de la abubilla, crujen las ramas a cada paso y atravesamos los prados hasta llegar al bosque de los ancianos. Allí es parada obligada para poder abrazar a esos centenarios castaños con mil caras en su corteza que observan alegres nuestra llegada. Hacemos un círculo, cantamos alguna canción y seguimos la ruta hasta que nuestros pies están cansados. A veces llegamos hasta los castros celtas. Otras deambulamos por prados verdes para fotografiar las florecillas. Si estamos observantes, algún cervatillo, zorro o comadreja atraviesa veloz los campos. El sonido del bosque, con sus ríos, con sus vientos que vienen desde muy lejos, con sus árboles que explotan de belleza todos los días, atraviesas nuestras entrañas para hacernos danzar suaves.

Cuando cae la noche empieza el concierto. Nos sentimos vivos y agradecidos por la jornada tan cargada de magia. Ahora sé que no podría vivir muy lejos de aquí. Me sería imposible volver al gris de la ciudad cuando he descubierto por fin que existe un mundo de magia multicolor, que todo cuanto nos rodea puede llenar nuestros vacíos sin hacer nada aquí en la naturaleza. Que la única ambición posible es la de respirar, dar gracias y compartir todo lo que tenemos con el otro. Amar al semejante es nuestra bandera, y de alguna forma, como decía la canción, es mirar de frente a Dios.

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