La causa revolucionaria


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Max Edwards ha muerto con tan solo 16 años de un cáncer terminal. De no haberlo hecho tan joven quizás se hubiera postulado como uno de esos pensadores que remueve consciencias, que asusta al establishment, una persona moralmente peligrosa a la que hay que cuidar para que no alborote el patio trasero de casa. Es cierto que el comunismo ya no está de moda. Era un postulado que sirvió para conseguir algunos derechos sociales en siglos recientes. De alguna forma, nos emancipamos como individuos, estableciendo una esclavitud pactada a cambio de bienestar material. En esa época conseguimos condiciones inimaginables en cuanto a salubridad, seguridad y trabajo. Digamos que lo revolucionario fue dejar la communitas del campo para albergar la posibilidad de una vida digna en las celdas-conejeras de la ciudad. No está mal.

A cambio nos olvidamos de la solidaridad, del intercambio, de la familia, de la vida orgánica, del calor de un fuego, de los ciclos de la naturaleza, del aire puro, de la tierna caricia, de la lluvia, de los prados, de los bosques. Todo se volvió mecánico. Incluso el tiempo. Los más inconformistas, como Max Edwards, hablaban de una nueva revolución.

Ahora la explotación por la que hay que luchar ya no es material. Podemos presumir que gracias a las antiguas revoluciones hemos conseguido algo que antes ni siquiera podíamos imaginar. Hemos entrado a la era posmoderna y posmaterialista con una visión diferente de las cosas. Ahora que ya lo tenemos todo, queremos dejar de un lado el individualismo porque de alguna forma, añoramos el calor del hogar, el saludo del vecino, la vida en común, el contacto directo con la lluvia, el sol, las montañas, las flores, los animales.

La causa revolucionaria de estos días tiene más que ver con una emancipación espiritual. Una necesidad de reencantar el mundo de la materia para que vuelva a la simplicidad, a lo sencillo, a lo más puramente humano. Max Edwards no era creyente. Como buen comunista pensaba que Dios murió con la emancipación material. Quizás él se refería ingenuamente a ese Dios de las películas de Semana Santa o a ese otro tan humano capaz de odiar a sus criaturas. Pero la naturaleza alcanza a mayores misterios. No necesita por sí misma el que nosotros, sus hijos, creamos o no en ella. Desde nuestra profunda arrogancia e ignorancia, solo podemos inclinarnos con humildad y devolver a la tierra esa capa virgen de flores silvestres, ese polen y esas abejas que viajan cientos de kilómetros para traer el néctar. Esa debería ser nuestra obligación como hijos. ¿Pero cómo hacer algo así con nuestra madre tierra si a nuestras madres biológicas las encerramos en angustiosas cárceles cuando ya no se valen por sí mismas?

Debería ser sano pensar que la próxima revolución se volverá a hacer en las montañas, en los bosques, en los prados. Volveremos de nuevo al verde de la floresta, al mundo de la comunicación real mediante el roce, el abrazo y el abrigo del fuego humano. Saldremos del ruido para contemplar los atardeceres y abrazar la vida en comunidad. La prisa y el tiempo mecánico dejará lugar al beso candente en noches estrelladas. La felicidad no será el resultado de esa prisionera celda donde acumulamos muebles baratos y baratijas de moda. La felicidad vendrá de reencontrarnos con el silencioso paso de nuestro ser por la tierra, del encanto de practicar los caminos con senda sigilosa. Nos emanciparemos de nuevo, pero esta vez, para abrazar fuertemente el espíritu que nos mueve. Libres, ilusionados por compartir con el otro lo mejor de nosotros. Y de paso, respetuosos con lo más sagrado de nuestras vidas. La propia vida, la propia naturaleza, el canto verde que florece cada primavera.

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3 thoughts on “La causa revolucionaria

  1. Pingback: La causa revolucionaria | Rosebud

  2. Es preciosa esa revolución que anuncias. Utopía, como la vida que practicas…y sin embargo tu la vives y la regalas con tus letras…
    16 años son muy poco, y sin embargo a Max ya le sirvieron para saber que quería y como….Quizás no necesitó mas. Un abrazo

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    • Gracias querido… es el sol el que nos regala la vida y la tierra quien la sostiene de forma generosa… ¿no deberíamos nosotros forjar en nuestro interior ese maravilloso don del compartir? Eso es verdaderamente revolucionario… un abrazo grande…

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