Hemos sido llamados para la vida


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Cada átomo de vida es una tecla que resuena, un versátil suspiro que transmite un trozo de verdad. Hay un concierto todos los días, un esmerado universo que se ordena ante nosotros para desplegar parte del misterio. Nunca alcanzaremos ninguna verdad, pero somos afortunados porque nos dieron el don de escudriñar, de investigar los motivos de la existencia. La hermosa visión de ese arroyo que suena entre pedruscos con bordes redondeados, el pasar de esa hoja que cae lenta pero segura hacia la tierra húmeda y caliente o el viento atizando el bailoteo de las copas arbóreas. Un simple instante, un momento al azar puede servir como detonante de un maravilloso despliegue de acontecimientos que ocurren al mismo tiempo. Un centelleante bombardeo de vida que cabalga a raudales por valles y montañas, por horizontes infinitos cargados de colores magentas. Un hado que se balancea inminente ante la profundidad de la lejanía perpetua.

Todo se renueva. Cada célula, cada átomo, cada signo que permanece como una pista de lo que encierra. Misteriosa explosión de belleza que se ensalza como un velero en alta mar, despejando la duda sobre los bordes inexistentes. Membranas de sensaciones que recorren cada poro, cada surco impermeable de atracción necesaria.

No hay mayor altar que aquel que nace entre las rocas, ese tabernáculo lleno de musgo y gotas que se derraman en cualquier primavera. No hay mayor tabernáculo que aquel acontecimiento de amaneceres perpetuos. Si miramos fijamente nuestra realidad cotidiana nos damos cuenta de la sacralidad de cada segundo, de cada ápice de tiempo que transcurre entre lo que vemos y lo que sentimos al interaccionar con el medio. No podemos fingir más. Se alcance o no, hay algo que nos supera, algo que nos enseña la urgencia del vivir. Abrazados o no a la vida, existe un apremio por aferrarnos a ese respirar balanceado por lo fortuito, por la suerte, por la promesa.

Queramos o no verlo, estamos aquí, privilegiados, observando el devenir, procurando tomar consciencia de esa penetrante llama que nos inspira. Queramos o no, hemos sido llamados a lucir como estrellas en la noche, como soles en el día, como radiantes cometas que atraviesan el firmamento de forma fugaz pero poderosa. Quizás no nos demos cuenta, pero hemos sido llamados para transformar este mundo bello. Para producir en él un despliegue inigualable de fastuosa maravilla.

Hoy que puedo observar la fuerza de ese caballo trotando por la pradera, de esos cientos de animales que renuevan la tierra con sus vidas, de esos cielos que se tiñen de mil colores expresando un halo mágico de sublime transformación. Hoy que la vida se manifiesta entre los teclados celestes y las luminarias invisibles, puedo decir que hemos sido llamados para la vida.

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