No me conviertas en una proyección, abraza mi carne


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No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar” Albert Camus

Últimamente intento acércame amablemente al otro de forma multidimensional. Somos tan distintos entre nosotros, que muchas veces no nos damos cuenta de que el otro vive e interpreta la realidad desde otro plano, desde otros valores y dimensiones diferentes a las nuestras. Por eso es inútil la crítica. Cada uno libra su propia batalla. Cada uno ve la vida a su propia manera.

Me daba cuenta con la visita de Ana. Llegaba desde la suiza alemana tras seguir desde el principio el proyecto que tenemos en la montaña. Leía todo lo que escribimos, aportaba económicamente cuanto podía y tenía en su mesita de noche una foto de la finca, imaginándose, quien sabe en qué futuro, viviendo entre nosotros.

Pero cuando llegó hace unos días toda la imagen que se había hecho del lugar y de su gente terminó por los suelos. Es como si durante muchos años hubieras dedicado tiempo a construir un castillo de arena que desfallece en un instante. Ese es el peligro de proyectar, de imaginar cosas en nuestra mente para adaptar nuestras necesidades a nuestros deseos. Años soñando con estar aquí y solo dos días para compartir los sueños. Al tercero se marchó.

Eso es precisamente en lo que estamos convirtiendo las relaciones humanas en estos tiempos: en meras proyecciones. Capítulos inconexos que se evalúan diariamente a partir de interconexiones digitales. De alguna forma dejamos de ser lo que somos para convertirnos en una proyección, en algo irreal que cuando se contrasta con el original nos termina decepcionando.

Últimamente me empeño en la medida de lo posible en conocer a personas de carne y hueso. Cuando alguien me pide amistad cibernética hago el esfuerzo por intentar conocerla en el mundo real. Es una locura porque el mundo digital va a una velocidad de vértigo, pero me niego de alguna forma a convertirme en una proyección y a convertir al otro en un decálogo de necesidades encubiertas. Necesito, por pura necesidad humana, abrazar al otro, sentir sus carnes, su esqueleto, su aliento. Escuchar su voz, su tacto, su mirada, su rostro. Incluirme en su abrazo, en su esfera, en su aura. Desear entender su multidimensionalidad sin dañarle, sin ser excesivamente agresivo o torpe.

En el fondo me siento un privilegiado porque hasta este lugar donde ahora me encuentro no para de venir personas de carne y hueso. Seres con los que compartir un instante o una vida entera. Almas libres que peregrinan por ese propósito oculto que a todos nos une desde esa matriz invisible. Corazones que laten, pulmones que respiran y almas que suspiran al mismo tiempo. Respirar, conspirar. Abrazos de verdad, por favor. Abrazos sentidos de alma a alma… Aunque al darlos uno no lo resista por ser tan reales que den miedo, y terminen por huir. Buen viaje querida Ana.

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