El mito de la abundancia


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El dinero no es una eficaz herramienta para acabar con el hambre en el mundo si no viene acompañada de una intención sincera. Es capaz de crear cosas bellas, de producir emociones profundas en la gente, de inspirar si quien lo maneja es un auténtico mago de dulce corazón ardiente. Durante muchos años cientos de personas han odiado el dinero hasta el punto de encerrarlo en una caja oculta o en cuentas lejanas de paraísos fiscales. Lo han detestado y despreciado y por eso no han sido capaces de compartirlo, pensando que de hacerlo iban a perder algo valioso de sí mismos. Lo cierto es que el dinero no es ni bueno ni malo, ya sabemos todos que es la intención con la que se emplea lo que diferencia el valor del dinero. Y esa intención viene marcada por nuestros miedos, por nuestra necesidad de arrinconar seguridad y protección.

En estos últimos años han llegado mensajes a favor de la abundancia. Libros como “El Secreto” nos han hecho creer que con el poder de la intención podemos atraer dinero, riquezas y abundancia en nuestras vidas. Todos, con una creencia totalmente clara e ilusa, afirman que tenemos derecho a esa abundancia y que podemos dirigir nuestra mente para provocar riqueza.

Ingenuamente no nos damos cuenta de que ese tipo de pensamientos es un acto de pura magia negra, de candidez abrumadora. La abundancia no es algo que nos pertenezca por el solo hecho de pensar en ella, creer en ella o realizar sortilegios para ella. Es como si viniéramos a la universidad y alguien nos dijera que todos tenemos derecho, y casi el deber, de estudiar la misma asignatura, sin mayor elección que esa. Si dedicamos toda nuestra vida a buscar esa abundancia la perderemos, porque a cierta edad ya nos damos cuenta de que lo único que merece la pena acumular es el amor, la compañía y la amistad. Es decir, esos valores intangibles más allá de la avaricia de las cosas.

Hay personas que en la abundancia se vuelven perezosas, se pierden en estímulos materiales o simplemente dejan de hacer cosas por el bien común. A lo mejor no hemos venido a esta vida a disfrutar de la abundancia, sino de la valentía, de la libertad, de la compasión, del arte, de la sabiduría o de cualquier otro valor en el que solo necesitemos pocas cosas para poder desarrollarlo.

La abundancia de vivir una vida buena es algo que nos atormenta a todos, pues todos aspiramos a cierta comodidad, a cierta integridad material y seguridad vital. Pero desde un punto de vista aséptico, esa abundancia de cosas materiales y bienestar tiene un precio insoportable para el propio sostenimiento del planeta. Así que ese tipo de abundancia en la que todos soñamos debe revisarse completamente, admitiendo que no se trata de una abundancia exterior la que debemos solicitar al universo, sino de una riqueza interior que nos permita primero someter a juicio y discernir con sabiduría qué cosas son las que realmente necesitamos para hacer el bien hacia nosotros mismos sin olvidar la prosperidad de los otros.

Quizás la vida no quiere para nosotros abundancia. Quizás espera de nosotros que aprendamos a compartir, a inspirar, a soportar con fortaleza sus envites para demostrar que estaremos preparados para hazañas mayores. Quizás la vida desea de nosotros que rompamos con esa falsa creencia material donde lo único que vale es poder desarrollar un buen trabajo para disponer de una buena casa y un buen coche. ¿No deberíamos revisar nuestras creencias, y de paso, nuestra lista de necesidades vitales? ¿A qué vamos a dedicar nuestros próximos diez años? ¿Dónde vamos a colocar nuestra abundancia y para qué propósito servirá? Y sobre todo, ¿dónde vamos a hipotecar nuestro tiempo, es decir, nuestra vida entera? El discernimiento es una de las herramientas más poderosas del universo. La propia naturaleza hace buen acopio del mismo para saber donde debe colocar sus recursos para que todo crezca en sano equilibrio. Lo mismo deberíamos hacer nosotros con el mito de la abundancia y saber donde colocar todas nuestras ganancias interiores.

(Foto: desde que experimento la abundancia de vivir en una caravana mi percepción de las cosas ha cambiado radicalmente. Aquí mi humilde casa).

 

 

 

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