Hacer bien las cosas


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 “El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad”. L. Beethoven

Tras un vertiginoso viaje por toda España, acabo de llegar con una paz serena y una felicidad intensa al frío de la montaña. Siento cierta emoción interior por saber que las fuerzas conspiran para que las cosas ocurran. Por sentir como poco a poco estamos comprendiendo el mensaje de compartir, de ayudarnos los unos a los otros, de apoyar las causas que merecen la pena que existan.

Acabo de pagar una deuda de casi veinte mil euros que vencía el seis de marzo. El mérito no ha sido mío porque en el proceso de pago he recibido ayuda de buenos amigos. Pero para mi era importante cumplir con mi parte del trato, de la promesa, del acuerdo. No importa si por el camino tenía que sacrificar ciertas cosas o embarcarme en nuevas aventuras. Lo importante de todo, independientemente de la cantidad, era cumplir con la palabra.

Un amigo me enseñó en estos años a hacer bien las cosas. Es algo que aprendemos pero que a veces, por ignorancia o torpeza olvidamos. Nos cuesta mucho hacer bien las cosas. Hablar con serenidad, tener una escucha activa con el otro, cerrar bien las etapas, los compromisos, las rupturas, lo que sea que tengamos que cerrar. Ayudar al otro cuando lo necesite, ya sea de forma humilde, con nuestra compañía, o de forma poderosa. Sea lo que sea, es importante hacerlo bien para que todo quede limpio, sanado, hermoso.

Cuando alguien se enfada con nosotros a veces son por causas que se podrían resolver con un simple abrazo, con una llamada, con un poco de atención, tomando un café o paseando por un camino cargado de vida. Cuando hacemos un favor el mismo tiene que salir del corazón, asumiendo la pérdida inevitable del propio acto y esperanzado, confiado, en el buen hacer del otro. Cuando alguien deposita en nosotros un tesoro, nuestro deber moral y humano es cuidarlo, protegerlo, potenciarlo, dotarlo de eso que debería ser sagrado: la confianza.

Son cosas simples, que se pueden hacer sin mayor esfuerzo. Solo tenemos que prestar atención, medir nuestras capacidades de respuesta, asumir la responsabilidad del coste de cualquier empresa. Por eso hoy he aprendido esa gran lección al responder gracias al conjunto de fuerzas implicadas a mi deuda moral. Hacer bien las cosas, sin ruidos, sin distraimientos, sin excusas. Trabajar profundamente en las relaciones humanas para que sean cada día mejor, de mayor calidad, de mayor estrechez y confianza. Eso he aprendido en este tiempo. Por eso, en este viaje, he querido mirar a los ojos a aquellos que me debían alguna deuda y también a aquellos a los que yo debía algo. He querido a ambos por igual estrechar mis brazos sobre ellos y hablarles desde la sinceridad, el perdón y la esperanza.

Así somos, estrechamente frágiles, pero también con la posibilidad de ayudar al otro cuando las cosas lo requieren.

Un especial agradecimiento a todos los que estos días han cumplido con su parte. A todos los que han apostado por el ser humano más allá de los números y las cuentas de interés. A todos aquellos que ante la llamada han respondido en auxilio, de corazón, con belleza, con buen humor. Sí, hoy aprendí a hacer bien las cosas, y la magia se ha manifestado.

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