Hacer de nuestra vida una obra


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Cuando esta mañana mostraba abiertamente el lavabo que tenemos en el bosque más de uno se escandalizaba por ver como la nieve, el agua y el frío calaban hasta el último rincón del espacio. Miraba apaciblemente los comentarios sin notar lo aparentemente aterrador de la escena. Por la tarde una amiga me preguntaba: ¿tienes que vivir así? A lo que yo le respondía: ¿te refieres a si tengo que vivir feliz como ahora? Esto resulta extraño de entender. ¿Qué necesidad hay de vivir en la intemperie nevada, pudiendo vivir de forma diferente?

Todo tiene que ver con la sabiduría del caracol. Este animalito empieza a construir su casa de forma lenta y paciente. Añade una tras otras las espiras que van tejiendo su delicada arquitectura cada vez más amplia. Llega un momento en que cesa de golpe su actividad y empieza a enroscarse lentamente en decrecimiento. Una sola espira más daría a su concha una dimensión dieciséis veces más grande, lo que, en lugar de ayudar al bienestar del animal, lo sobrecargaría. De alguna forma a nosotros los humanos nos pasa igual. Queremos crecer y crecer sin límite hasta que llega un momento, como le pasaría al caracol si no dejara de hacerlo, que la sobredimensión de nuestra carga es demasiado pesada para poder sobrellevarla.

A nivel personal me pasó algo parecido. Empecé a crecer en exceso y sobredimensioné mi capacidad biológica con respecto a mi capacidad aritmética. Cada vez que doblaba mi capacidad de crecimiento multiplicaba por diez el esfuerzo, y por lo tanto, el sufrimiento añadido para poder mantener ese nuevo equilibrio era insoportable. Llega un momento que olvidamos qué significa vivir para pasar a ser meros equilibristas de cosas. Hasta que un día te rebelas de alguna forma y vuelves a empezar de cero, desde otra dimensión, desde otra comprensión.

Un día me paré, como el caracol, y quise decrecer hasta el límite con un solo propósito: hacer de mi vida una obra, dedicarme al más bello oficio, vivir. Esto parece de una lógica aplastante, sin embargo, la mayoría de nosotros olvidamos en algún momento de nuestras existencias qué significa vivir. Tenemos cientos de cosas, pero esas mismas cosas hacen que vivamos en una especie de tristeza del alma, una especie de soledad extraña que nadie puede compensar. Cosas que no somos capaces de compartir, que atesoramos con miedo para intentar demostrar una fortaleza de la que carecemos.

Al tener un lavabo como el que mostraba esta mañana, dedicamos poco tiempo al mantenimiento de las cosas. Quiero decir que de alguna forma tenemos que trabajar menos para mantener todo el circo consumista al que estamos abocados. Ese tiempo sobrante lo podemos dedicar a las relaciones humanas, al compartir, al pensar juntos sobre la dimensión de los problemas globales, sobre la búsqueda de alternativas posibles o sobre cualquier otro tema que nos reconforte como seres. Lo más importante de este experimento es que puede ser compartido sin necesidad de crear muchas más cosas. Al compartir una lavadora entre diez, veinte o cincuenta personas solo debemos prestar atención al hecho del compartir, y no al hecho de generar recursos suficientes para comprar cincuenta lavadoras, cincuenta taladradoras, cincuenta coches, cincuenta de todo.

Vivir en comunidad y compartir las cosas hace que la vida sea más simple, pero también más verdadera. La vida deja de ser un combate o un fracaso, se torna sabiduría, amabilidad, emoción compartida. Nos alejamos de la excitación del consumismo para albergar la esperanza de un mundo diferente, basado en las relaciones humanas, en el amor y el respeto a la naturaleza. Nos alejamos de la angustia y el miedo a morir para abrazar la vida compleja, misteriosa, profunda. De alguna forma, vivir en los bosques permite que la vida sea una obra completa donde lo único que necesitas es la alegría continua de poder compartir. Esa es nuestra única y más segura apuesta.

(Foto: esta mañana temprano, en nuestro lavabo del bosque).

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