Hacia la simplicidad voluntaria


 

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La cuestión es simple: el planeta no puede sostener por mucho tiempo nuestro crecimiento económico, nuestros niveles de consumo y nuestros cada vez mayores desechos. Es como si de seguir así, en pocas décadas, quizás años, el colapso sea irremediable.

Durante diez años, mientras trabajaba en la tesis doctoral pensé que tan solo se trataba de una simple teoría, de un nuevo movimiento milenarista maquillado de ecología subversiva e ideales trasnochados. Cuando me tocó bucear en los datos, ver las estadísticas de crecimiento demográfico y las necesidades culturales presentes algún tipo de alarma resonó en mí.

Cuando te das de golpe con la evidencia, con la idea, aunque pueda parecer fantasiosa, de que algo no va bien, tienes varias opciones. La primera es dejar el trabajo de investigación a medias, buscar algo que pueda gustar a la academia y seguir adelante con tu vida normal en un mundo normal. La segunda es dejarte arrastrar por esa sensación de rebeldía cósmica, como la llamó algún poeta, y buscar cierta salida coherente a lo que estás viendo.

Admito que mi caso fue claro y drástico. Me marché a las montañas. Llegué a la conclusión de que la única manera de poder vivir al menos con la conciencia algo más tranquila era haciendo algo, actuando ante los hechos con los que me topaba. Vivir en la montaña, reconstruir alguna ruina para que el impacto fuera el menor e intentar vivir de una forma cuya huella fuera la mínima era el ideal a alcanzar. Eso requería dos cosas: algunos sacrificios personales y vivir en comunidad.

Nunca habíamos vivido una vida salvaje, así que no sabíamos a qué nos enfrentábamos. Llegamos a las montañas y nos topamos con las inclemencias del tiempo, con el frío infernal del invierno, con las lluvias torrenciales durante días enteros, con el feroz viento huracanado que hacía tambalear nuestras humildes caravanas. Sentíamos que todo podría desmoronarse en cualquier momento. Pero también sentíamos la necesidad de seguir fortalecidos con la experiencia y caminar siempre hacia adelante.

Esta tarde, mientras no paraba de nevar y mientras andaba leyendo algún libro para cerrar la tesis me di cuenta de algo impresionante. Estaba feliz y satisfecho con el tipo de vida que había elegido. No necesitaba nada, me bastaba con la pequeña caravana y algo de comida. El frío ya no era tan horrible y la nieve se había convertido en una comunicadora excelente de mensajes interiores. En dos años de aventura empezábamos a rozar la vida sencilla, la simplicidad voluntaria. Al estar juntos y compartir recursos nuestra huella era mucho menor. Al reconstruir una casa de piedra y vivir en caravanas el impacto en el paisaje era reducido. Al no consumir agua ni recursos energéticos fuera de la finca ni estar conectados a una red exterior nos permitía vivir dignamente sin ser cómplices de la compleja red de autodestrucción imperante. Es cierto que los pioneros hemos tenido que hipotecar algo de nuestra vida para ello. Pero los que vengan, los que aterricen a partir de ahora, podrán disfrutar de todo esto sin mayor esfuerzo.

Es evidente que la nuestra es una postura radical, pero de alguna forma quiere ejemplarizar algo que puede hacerse desde cualquier lugar del mundo, inclusive la ciudad. Solo hace falta tener fuerzas y valor para organizar la lucha contra el cambio climático, contra el consumo desmedido, contra todo aquello que nos puede avocar a un irremediable caos.

La simplicidad voluntaria, el vivir una vida más sencilla, nos ha hecho felices. Al no llenar nuestros vacíos con cosas sino con experiencias como una hermosa nevada o un impresionante atardecer vivimos en una felicidad constante. Al no necesitar nada hemos dejado de experimentar esa sensación de angustia y frustración. Hemos renunciado a una vida superflua y a cambio hemos experimentado el testimonio de la sencillez. Es solo una opción, no una imposición. Pero también forma parte de la necesaria y obligada reflexión global.

(Foto: esta misma tarde, momento de inspiración lectora mientras veía nevar ahí fuera)

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