La revolución de las manos


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Ver el atardecer invernal desde la caravana sigue siendo un privilegio. Tras más de una semana de aventuras por iberia, he vuelto al descanso del guerrero, al punto de quietud, al lago de los nibelungos donde las valquirias aplauden entre las ondas y los dioses céfiros el eterno retorno. El majestuoso paisaje reclama atención. Aún quedan placas de hielo entre los macizos verdes. Estar aquí, en casa, es como haber regresado al hogar tras la batalla del fin del mundo. Ante la gran sala boscosa, cuyo techo está cubierto con escudos dorados, se halla el árbol dorado Glasir. Fuerte, poderoso, expectante, se apodera de mi hechizo para arrastrarlo hasta el otro lado. Pronto las estrellas rastrearan el cielo en búsqueda de miríadas de vida. El aire puro de la montaña me traslada a los tiempos en que los hombres luchaban contra el mal mientras que las mujeres arrastraban con sus manos a los muertos en la batalla. Hasta el mundo de Valhalla, hasta el gran salón de los caídos.

Ahora esas manos se tejen suaves entre unos y otros. En este viaje la batalla es por la alegría. Por transmitir paz en entornos donde podría surgir la llama de la discordia. Las manos acariciaban los rostros, compartían historias, se entrelazaban para empoderar el amor. Rozaban suaves las yemas mientras el sudor serpenteaba discreto.

Las manos poderosas, suaves, declinaban la oferta de la espada y abrazaban cuerpos desnudos. Empujaban hacia lo volátil la belleza errante. Encrestaban el suave momento entre olores de ensueño. La lindeza sublime, el despertar hacia otro camino, el amor compartido. Manos y más manos cogidas y unidas por una sola causa. Manos grandes o pequeñas, pero todas juntas a la espera del canto, a la espera de la mitológica figura.

Manos que se alzan, manos que se entrecogen para ahuyentar el miedo. Manos que se abren para alcanzar una gloria compartida, no propia, sino siempre en Su nombre. Manos amantes, deseosas, risueñas, sensuales, volcánicas, siempre valientes. Ternura de seres que se reúnen ante el misterio. Sueños que nacen y se reencuentran más allá de los memes espaciales.

Cuando sonaba la trompeta en los albores del atardecer, sentí esa presencia arquetípica. Una gran mano teñida de rojo en el valle y sus cielos. Aquí, en el valle del Mao, el valle de la mano, con sus cinco ríos que navegan hasta completar la quiromancia perpetua, adivina, divina, previsible.

Hace frío aquí en la caravana. Pero el concierto de los mil pájaros que reclaman su instante compensa cualquier torpe sensación. Pronto habrá una revolución, y será de las manos. Manos de valquirias que recogerán aquellos rostros abatidos para trasladarlos a la dimensión del amor, de la belleza, de la calma. Un lugar donde es posible creer y crear, vivir y servir a la vida. De alguna forma ese lugar se parece a este. Y pronto vendrán muchas manos para recrearlo, para construir el nuevo jardín de Epicuro, la nueva Valhalla.

 

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