Reeducando las conciencias


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A veces cuando viajo tengo la sensación de que dentro de nuestras casas se cuela una especie de gorila de cinco toneladas que nadie quiere ver. Encendemos la televisión y nos muestran un mundo fantástico, con anuncios donde el paraíso parece que pueda rozarse con tan solo comer un yogur o hacer un viaje en uno de esos maravillosos cruceros a bajo coste. Ayer me senté durante unos horas para observar ese impresionante mundo y cuando terminé me hice la pregunta: ¿pero donde está ese mundo? ¿realmente cuando saboreas un yogur la vida parece impresionante? ¿de verdad desaparecen los problemas a golpe de crucero?

Hay personas que dedicamos gran parte de nuestras vidas a vivir en esa ilusión. Según las estadísticas, todos nosotros empleamos al menos cuatro horas al día en consumir telepantallas de todo tipo. Ahora el gran hermano orweliano nos vigila y nos alienta a que sigamos haciendo las mismas cosas de siempre, pensando las mismas cosas de siempre sin capacidad de reacción, sin posibilidad de cambio, de revolución, de firmeza ante la mentira.

Porque no es cierto que mi vida cambie ni un ápice ante el sabor de un nuevo yogur o un maravilloso viaje por el Caribe. Cuando vuelva, mi realidad continuará siendo igual porque nada de lo fundamental se ha modificado. Absolutamente nada de lo que me soporta como ser humano ha sido reemplazado. Es cierto que con algunas cosas podemos gozar un poco más, podemos sentir cierta felicidad pasajera, pero todo es provisional y volátil.

Es fundamental que tomemos consciencias de ese gran gorila de cinco toneladas que está destruyendo nuestras vidas en esos cuatro metros de comodidad extraña. Es un gran gorila que vive entre nosotros, que va entrando en nuestras miradas, en nuestras consciencias destruyendo nuestra capacidad de reacción, de rebeldía, de cambio.

Sembrar semillas de consciencia para que germinen en nuestro interior es una tarea compleja. Lo cierto es que nos resulta incómodo empezar la búsqueda de algo nuevo porque siempre está la misma pregunta: ¿hacia dónde ir? Y luego siempre está la misma respuesta: tengo miedo. Y el miedo es un perfecto paralizador, porque siempre nos han educado a temer, a ser precavidos. La valentía no es un valor al uso porque nos aleja de las normas, de lo consentido, de lo pactado socialmente. Por eso nos resulta imposible enfrentarnos a nosotros mismos y a nuestra realidad. Por eso resulta más fácil dormir plácidamente en el sueño de normalización.

Pero a veces, muy rara vez, ocurre que nos rebelamos. Que iniciamos la marcha hacia otra parte, hacia otro lugar donde urdir una trama diferente para nuestras vidas. A veces ocurre que tomamos consciencia de algo, quizás de todo cuanto hay que hacer para colaborar en el cambio hacia una nueva realidad y futuro. A veces ocurre y empezamos a caminar, a cambiar, a vivir de forma extensa y amable. La anchura del mundo se vuelve espaciosa y nuestros corazones se reclaman como abanderados de una nueva vida. Reeducamos nuestra consciencia, sabemos hacia donde ir y desaparece el miedo. Y cuando eso ocurre, nuestra obsesión se convierte en ser sembradores, en ser cuidadores y vigilantes de esa nueva consciencia. Custodios del camino, guerreros contra las tinieblas de la ignorancia, el tedio y el temor.

Si por casualidad alguien sembró la duda en ti, levántate y anda. El mundo espera.

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