Cuando no tienes nada


 

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“Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero básicamente sería una cárcel sin muros de la cual los prisioneros no soñarían evadirse. Sería esencialmente, un sistema de esclavitud donde gracias al consumo y el entretenimiento, los esclavos tendrían amor a su servidumbre”. Adous Huxley

Hoy le comentaba a una amiga que estaba realizando de nuevo gestiones para intentar vender todo lo que aún me queda en el plano material. Empresas, propiedades o cualquier cosa que ocupe un mínimo de tiempo en alejarme de la verdadera vida, de esa que corre por la sangre y no necesita nada. Es como si de repente percibiera cierta lucidez y pensara, como decía Chaplin en el discurso en el que emulaba al Gran Dictador: “lo siento, pero yo no quiero ser emperador; ése no es mi oficio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie, sino ayudar a todos si fuera posible”. Con cierta humildad, con cierta sinceridad desnuda, siento algo parecido.

No tengo deseos de gobernar cosas, de encerrarme en ellas, de encadenarme de por vida al miedo de perderlas, de atesorarlas, de multiplicarlas. No deseo acumular polillas en el orbe de la codicia, ni empantanar el alma con odio o perversión. Si la libertad existe, sé que no está en las cosas. Sé que la tierra es lo suficientemente rica como para alimentarnos a todos, para atesorar en el alma las riquezas verdaderas. Sé que la esclavitud perfecta es aquella que disimula su rostro, que nos mantiene atados sin saberlo, ofreciéndonos pequeños obsequios como a los loritos cuando aprenden una palabra. Ese pensamiento es perverso porque no queremos aceptarlo. Nos duele la idea de pensar que cuando todo acabe, ni siquiera podremos arrastrar un trozo de metal al otro lado. Pero más perversa resulta la idea de abandonarlo todo ahora que podemos. De saciar nuestra codicia no con cosas, sino con ideas, con experiencias, con paseos nocturnos hacia la luna. Ya lo dijo Jesús: si quieres ser perfecto, ve y vende lo que posees y dáselo a los pobres, y tendrás tesoros en los cielos. Ven y sígueme. Es un mensaje tan revolucionario que terminó crucificado. ¿Cómo hacer esa revolución en nosotros sin terminar en la cruz? Es como si el mensaje fuera doblemente perverso: si no quieres terminar en la cruz, atesora aquí en la tierra. Parece una macabra burla del destino.

Siempre deseamos más. Siempre queremos mayores cosas por miedo a esa cruz, a ese qué dirán, a ese odioso desprecio hacia lo diferente. Es algo que no tiene fin. Nunca estamos tranquilos y satisfechos porque algo crece en nosotros que nos obliga a buscar en lo inerte algún tipo de tesoro. La aparente abundancia nos hace pobres, mendigos de migajas materiales que se evaporan a cambio de nuevas migajas. Como arma de defensa se apodera de nosotros el cinismo, el orgullo, la vanidad. Ni siquiera somos capaces de despertar a otro modo de vida que no sea el nuestro, que no sea nuestra verdad, que siempre es absoluta e inamovible. Y todo porque alguien nos dijo que debíamos comer así, debíamos vestir así, debíamos pensar de esta manera sin cuestionar nunca esas verdades. Somos un perfecto ganado obediente, redimido a la plácida sensación de seguridad. Pero cuando la vida te arrastra hacia la nada, cuando todo lo pierdes por necesidad, entonces dejamos de ser rebaño y recobramos nuestra hermosa condición humana. Esa que nos hace libres, esa que nos arrastra hacia dimensiones de mística revelación, esa que nos empuja irremediablemente a amar el mundo, su oscuridad, su belleza plena, su atisbo de esperanza.

Cuando de nuevo llegue la guerra o el hambre, cuando de repente lo perdamos todo, entonces volverá a nacer en nosotros la fe, la conexión con el misterio, el anhelo y la certeza de que todo puede ir a mejor. Cuando esa guerra y ese hambre sean condiciones de nuestro propio espíritu, cuando estemos en condiciones de vencer la batalla de la vida, lo más inmanente que hay en nosotros se manifestará inevitablemente. Sólo entonces entenderemos esa necesidad de comprender que llevamos el amor en nuestros corazones, y que la magnitud de nuestra compasión es equiparable al hecho de que estamos vivos. No desfallezcamos. Seamos amorosos, libres, estrechamente ligados a nuestra condición humana. Vayamos a esa cruz y descolguemos al mensajero. Digamos al mundo: ven y sígueme, seamos perfectamente humanos.

 

 

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