Cuerpos desnudos, almas inspiradas


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Ayer pasé un día hermoso con Lucía. Viajé hasta Gijón para conocernos ya que hacía años que andábamos saliendo juntos en la prensa pero no teníamos el gusto de saber de nosotros más allá de la vida virtual. Curiosamente hoy salía en un periódico un nuevo artículo que hablaba de ambos, así que nos fuimos a comer a un vegetariano para celebrar el encuentro y la noticia.

Lucía es de las pocas mujeres que en este país se declara abiertamente asexual. Siempre que piensas en ese tipo de sexualidad te imaginas a personas raras, con antenas en la cabeza o alguna especie de trauma insuperable. Pero lo que encontré fue un alma bella, una persona libre, sin tapujos, hermosa por dentro y por fuera, inteligente, sensual y atractiva. Un ser cariñoso, de esos que te abrazan y te compunjan el alma, de esas personas que envuelven cuerpos sin importar el como y además, inspiran almas.

Cuando volvía por la noche hasta la nevada montaña, me sentí afortunado por poder disfrutar abiertamente de esta libertad extraña. Sentí cierto agradecimiento por todas esas personas que he tenido la suerte de conocer en estos años y que tanto me han aportado como ser. Es una fortuna poder coger el coche e ir al encuentro de almas bellas capaces de transmitir una parte de su vida sin apenas conocerte. De compartir sus secretos más íntimos y reservados con humor y alegría.

Ayer, de forma consciente, descubrí lo hermoso que resulta poder abrazar cuerpos, no importa si están cubiertos de capas de pasado o andan desnudos. Ayer le contaba a Lucía la de tantas veces que había podido abrazar cuerpos desnudos sin buscar más allá que la intención de poder disponer de un trozo de alma, de estrechar el lazo místico que tanto nos une a todos por igual. El éxtasis de esa libertad va más allá de esa desnudez. Lo que realmente reclama el cuerpo desnudo es la inspiración del alma, la sencillez del encuentro sumado a la complejidad del momento único y verdadero. El cariño de seres que se encuentran, que se aman, que se abrazan sin tapujos y desean lo mejor para el otro sin esperar nada a cambio. Esa libertad en la expresión, ese poliamor sincero que se comparte sin tapujos ni estrecheces nos acerca siempre más y más a la realidad última, primigenia del ser.

No hay cárceles conceptuales, no hay rencillas ni desconfianzas, solo una plena confianza en el otro, asumiendo que su realidad forma parte del todo mayor, y por lo tanto, del nosotros. Salir al mundo desnudo, sin nada que esconder, sin nada que ocultar, solo con la sincera respuesta del abrazo mutuo, del amor mutuo. Libres, sin condicionamientos, sin prejuicios, sin reservas. Cuerpos desnudos, almas inspiradas.

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