Los mensajes del día


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Hoy hemos disfrutado de la grata compañía de unos amigos del alma. Ha sido hermoso verlos pasear por los prados, por el pequeño bosque. Nos ha encantado prepararles unas ricas lentejas y hablar junto al ventanal que se abre en la casa. Tras unas horas de reencuentro se fueron y me quedé solo ante el ventanal, contemplando el ancho mundo, el misterioso atardecer, el canto sinfónico de ese coro de pájaros que alegra siempre los corazones.

En momentos de soledad, tan cargados de belleza y exuberancia, tan impregnados por el silencio que nos acerca cada vez más al roce del alma, uno se siente vivo y afortunado. Te puedes sencillamente reconciliar con todas las contradicciones que albergamos, con todos los atropellos y tropezones. De hecho sentía muchas ganas de abrazar cada error, cada melancolía, como esa última que inevitablemente me lleva día y noche hacia ese olor a alcanfor que tanto se añora. Y ahí estaban los amigos que venían de lejos para compartir un trozo de tiempo. Ya estaban en el recuerdo, pero seguían latiendo.

Miro por la ventana y veo el vasto universo que me rodea. Todo el silencio, toda esa envergadura vital que puedo rozarla con la mirada perdida, con el deseo adyacente, con la matriz de vida. Me siento preñado de nostalgia, pero también afortunado por poder disfrutarla en esta soledad tan desolada, en este abanico de deseos que desean irrumpir en el mundo como un soplo indestructible.

Este invierno tan primaveral me recuerda las contradicciones lógicas del mundo, de nuestro mundo. Se me antoja necesario el poder esgrimir un reducto de pasión en todo. Siento cierta fuerza interior, porque la soledad te impulsa meteóricamente hacia el centro de poder que somos. Por eso la soledad es un reino poderoso, expansivo, radiante. Si sabes estar a solas sabes que la fuerza se apodera de ti. Una fuerza que desea cortejar la vida, asomar por las canillas del espacio exterior desde una exuberante placidez interior.

Cuando sientes esa inevitable soberanía, cuando alcanzas cierto grado de dominio sobre aquello que se cuece en nuestro interior, un resplandor bombea todo el prisma dimensional que somos. Como una luz que estalla y se convierte en día. Como un misterioso rayo que nace en la noche para iluminar el instante, como esa lucidez que viene de lo alto y traspasa las ramas de los árboles, suave, misteriosamente.

Quizás todo esto dure un instante. Quizás la realidad cambie en poco. La brevedad es algo que nos recuerda muchas cosas. Por eso el instante hay que abrazarlo desde lo intangible, desde lo irremediable. La noche espera. El sueño aguarda. Alguien decía que el sueño, que los sueños, son como mensajeros de nuestro inconsciente. Son cartas que nos llegan para avisarnos, para comunicarnos algo profundo. Hoy, despierto, estoy soñando, porque de alguna forma he captado el mensaje. En un rato me sumergiré en las sábanas de franela, en la montaña de mantas que me protegen del invierno. Dormiré plácido y tranquilo en la caravana, rodeado de árboles, de bosques, de prados, de montaña y cielo. Las estrellas, las luminarias, serán de nuevo mi tejado. Y la soledad, de nuevo desolada.

(El triple diálogo entre lo humano, la naturaleza y lo sobrenatural siempre se teje en el contacto directo con el silencio. Solo desde el silencio podemos albergar cierto sentido de la existencia. El silencio es un mapa que se apodera de nuestro vagar vital para ofrecernos la respuestas a nuestro destino).

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