Formas parte del plan


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Después del canto del búho, el silencio de la montaña es más profundo aún. Lo esencial no es lo que hemos dicho, sino lo que no hemos dicho, y, sin embargo, ha sucedido y es real… (Haiku zen)

Cuando te sumerges en el bosque ves con claridad la existencia de un orden. Es algo natural y misterioso a la vez porque hasta el momento, más allá de creencias mágicas y obtusas teorías científicas, no hemos descifrado los secretos de ese orden. Cuando hoy corríamos entre los árboles la belleza entraba en nosotros. Era como cuando vuelas en los sueños y atraviesas mundos imaginarios. Las copas apuntalando hacia el cielo, las raíces hacia la tierra y entre ambos el tronco firme, fortalecido por el paso del tiempo. Las raíces son las ramas del suelo. Las ramas son las raíces del cielo. Y luego todo el tejido que nace para dar sentido al bosque, con sus sotos, su floresta y frondosidad, su aliento invisible. Los cientos, diría que miles de animalillos que están sobre y dentro de la tierra, en el aire o en los arroyuelos que van y vienen por todos lados también forman parte de ese entramado de vida, de esa red invisible que perpetua la existencia en mil formas. Es como si los átomos tuvieran cabida en las galaxias más lejanas y como si la noche más oscura pudiera alumbrar al sol más radiante.

De todo lo que puedes ver cuando estás en pleno éxtasis, es ese extraño orden que todo lo envuelve. Por eso uno piensa, cuando el orden aparece, que tiene que responder a algún tipo de plan, de programa, de propósito. La vida no puede venir huérfana de consciencia, de cierta sabiduría que vemos por todas partes. Es complejo pensar o creer que todo nace de un momento fortuito. Todo, incluido el cosmos absoluto. No perdamos el tiempo en buscar el sentido de la vida. Podemos verlo en cada hoja otoñal, en cada hebra de hierba, en cada pétalo púrpura.

Al mismo tiempo, una certeza viene de inmediato: todos y cada uno de nosotros formamos parte del plan. Todos y cada uno de nosotros hemos venido a compartir un instante único, una experiencia irrepetible, una vida cargada de significado profundo. No somos algo convencional. Somos algo extraordinario, único. No importa lo que seas, lo que importa es lo que la vida ha venido a enseñarte, a mostrarte desde la posición en la que estás. La enseñanza que nace de todo ello se resume en la trama. Todo cuanto existe se necesita, todo cuanto ha sido creado vive gracias al soporte de todo lo demás. Cuando descubres esa certeza, cuando te descubres a ti mismo explorando esa realidad, entonces encauzas toda tu vida para ese propósito. Sólo deseas ser un soporte eficiente, una luz brillante que pueda sostener la llama por más tiempo. Dar la mano al otro. Ser fuerte, sabio y amable para el otro.

Entonces te entregas al bosque, te desnudas en la carrera por llegar el último, por servir a todos, por dar inspiración y riqueza. No importa qué tipo de riqueza. Puede ser interior, exterior. Puede ser poca o mucha. Importa el gesto, la importancia del sostén. Importa entender, sopesar y compartir la esencia de todas las cosas. Nada nos pertenece. Todo se nos ha sido dado para ver qué hacemos con las cosas. Para medir nuestro grado de mezquindad o generosidad. Para observar como resolvemos las situaciones. Si brillamos en nuestros actos, en nuestra conducta, algo bueno ocurre. Si soportamos con fortaleza y dignidad cualquier experiencia, estamos fluyendo directamente el núcleo.

De todo cuanto ocurra de aquí en adelante, recuerda solo una cosa: formas parte del plan.

(Foto de nuestra querida Chus, en O Couso, con Geo).

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