Robando el fuego a los dioses


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Hay elementos suficientes para pensar que el conocimiento, la gnosis, no es suficiente para poder robar el fuego y la luz a los dioses. Hace falta algo más, algo que venga acompañado de fuerza, pero también de amor. Lo notaba cuando esta tarde, en mitad de la sierra de Madrid, podía abrazar a la dulce María, un bebé que se gestó muy cerca de nosotros y que nació para llenar nuestras vidas de esperanza. Ocurre en cada nueva generación. Es como si cada ser viniera con un mensaje de ejemplaridad, con una absoluta crítica a las convenciones en las que nos movemos. Como si quisieran gritarnos cierta necesidad de cambio, cierta necesidad de ser héroes de nuestro tiempo.

Tras pasar la mañana con Carlos y Sandra y su bella hija María comprendí ciertos misterios sobre nuestra mortalidad. Sentí esa tristeza de los melancólicos pechos que alimentaron nuestros primeros días, atravesé la idea de esa praxis del ejemplo concreto, de la forma de cómo poder inspirar a los otros sin dañarlos, sin hacerlos frágiles ante la palabra y el verbo nacido de la experiencia. Hemos aprendido que somos nosotros la verdadera escuela, pero eso solo es posible con nuestro ejemplo. Nuestro deber es inspirar confianza y ternura. Sabemos que nos sobran leyes y nos faltan ejemplos de personas sanas, libres y amorosas. Debemos pasar del estado estético al estado ético. Es irremediable y no podemos renunciar a ello.

Está bien sostener el mundo material, alimentarlo y empoderarlo para facilitar nuestras vidas. Pero debemos aprender a reorganizar nuestras prioridades. Debemos aprender a elevar nuestra dignidad humana y alejarnos de la corrupción, la decadencia y la destrucción. ¿De qué nos alimentamos realmente? ¿Qué entra y qué sale por nuestra boca, por nuestras emociones, por nuestros pensamientos y acciones? Ni siquiera lo sabemos porque ni siquiera abrazamos la oportunidad de parar un segundo para ver qué ocurre en nosotros, con nosotros.

Estamos enamorados de nuestras cadenas y nadie nos advierte de ese recelo por conservarlas. Nadie es capaz de agitar nuestras consciencias de forma suficientemente energética como para zambullirnos en otra realidad, en otra coordenada diferente. Sabemos que todo cambia, que todo se transforma, que todo es cíclico, pero no somos capaces de cambiar nosotros mismos.

De momento todo son palabras. Las palabras, si no vienen cargadas de gestos, no sirven para nada. Por eso tenemos que ir a los corazones humanos y seguir secuestrando su dulzura para compartirla, para seducir a los dioses y robarles sus fuegos. Solo de esta manera podremos seguir avanzando, transformando nuestras vidas y soñando que esa niña recién nacida viene para mostrarnos una nueva dimensión de las cosas. Mirar a María, tan frágil, tan bella, tan profunda, es sentir la esperanza en el rostro humano. Es pensar que todo cuanto ocurra a partir de ahora puede ser diferente.

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3 thoughts on “Robando el fuego a los dioses

  1. Llevo cuidando bebés ya algunos años. Bebés que han llegado a mí por el destino de la vida y se han instalado ya para siempre porque me roban a mordiscos el corazón para que no deje de quererlos nunca…Con ellos trabajo queriendo, amando, riéndo…y sobre todo viviendo!

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  2. Efectivamente, siendo ese ejemplo nos podemos convertir en la estrella que guía los corazones dormidos en este mar de almas sonámbulas; corazones que esperan, muchos de ellos hasta el fin de sus días, ser despertados por la chispa candente del fuego divino.
    Sin embargo, no basta sólo con el ejemplo del otro para generar esa cálida metamorfosis. Son las propias experiencias, y especialmente si estás nos hacen transitar al borde del precipicio y en ocasiones vagar por el vacío, las que nos hacen alcanzar esa llama divina. Es, tras vagar por ese desierto de amarga soledad fructífera, cuando seremos dignos de presentarnos con la ofrenda de haber vivido dignamente ante las hermosas Marías.

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