Andar, siempre andar.


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Andar. Siempre andar. Como si la mañana no pudiera levantarse porque aún la noche no terminó. Como si el viento te llegara a la desnuda piel y pudiera hacerla enloquecer. Andar de un lado para otro hasta que llego a esa misteriosa ermita, encerrada entre bloques, oculta y recluyendo en su misterio esa imagen, otra vez, de San Miguel venciendo al dragón. Pero, ¿de verdad ha vencido?

Llegué puntual y ahí estaba él. Un hombre tímido pero cuya obra ha sido abalada por reyes y huérfanos, por pobres y ricos. Durante dos horas estuvimos conversando en ese hermoso salón de su casa palaciega. Me falta corazón, pero he tenido mucho dinero. Y ese dinero lo empleó no en sí mismo, sino en el otro, en ayudar a los demás, en prometer una vida digna para todos y conseguirlo. Claro que hay corazón, aunque en el timón de la obra hizo falta un creador, un gestor frío, distante, apartado, taciturno. Nadie juzgará su carácter, sino el poder de la obra, todo aquello que hizo por los demás. Por eso la admiración siempre se conserva. No todas las vías son las del corazón. El poder, el conocimiento, también pueden hacer mucho bien al ser humano.

Como cuando hoy he quedado en ese restaurante vegetariano y mi amigo se excusaba porque estaba enfermo. Realmente a veces ocurren cosas que son una bendición. Su enfermedad hizo posible encuentros con gente maravillosa que hacía años que no veía. Cerca de mi mesa me encontré con el todopoderoso Joan Melé, un banquero al que he podido saludar y charlar durante un rato. Pero no un banquero cualquiera, porque el cometido de Joan es crear consciencia en el dinero, en las transacciones, en el intercambio. La banca ética es posible, y un mundo más ético y humano también. La expresión del amor también puede llegar desde el conocimiento y el poder. Lo decíamos antes. Por eso tras estar un rato con Joan apareció Enmanuel. Parecía un milagro. Dos personas que no esperaba y de repente estaban ahí, compartiendo una comida. Al final la vida quiso que el mediodía fuera un continuo momento milagroso, de profunda y exquisita conversación, de oportuno encuentro para entender nudos gordianos que se han ido tejiendo durante mucho tiempo. Toda una revelación, todo un regalo.

Y luego con mi querida Ana y ese abrazo suyo, esa sonrisa esmeralda cargada de privilegios, de generosidad, de sinfonía. Ese ser limpio y angélico cuyo arquetipo siempre me inspira. No se puede ser más feliz que a su lado, ante su juventud , ante su majestuosa fuerza interior. Improvisamos de la nada una escapada al mundo de los miserables, allí donde anida la pobreza más absoluta, no tan solo la material, sino también la vergüenza de una sociedad que pretende esconder tras un bocadillo y un caldo caliente aquello que nunca debió existir. Nos sentimos agradecidos por la experiencia única, por consolar de alguna forma, aunque fuera mínima, la dignidad humana. Allí estaba la tercera vía, más allá del poder y el conocimiento. Allí estaban los cimientos del amor más allá de los postureos de los fariseos de nuestro tiempo. Allí estaba el ser humano hambriento, sediento, negado de toda dignidad. ¿Qué podíamos hacer nosotros ante la inmensidad de todo? Quizás poco, quizás nada, excepto estar ahí, ofreciendo ese caldo y bocadillo acompañado de una sonrisa profunda y sincera.

Andar. Siempre andar. Como hoy, sin dinero, sin calzado, absolutamente pobre y feliz ante poderosos, conocedores y servidores. Sin renunciar a toda nuestra condición humana, aún a pesar de la desdicha y el fracaso colectivo. Seguiremos andando mientras tengamos un halo de esperanza, un ápice de fe en todo cuanto somos.

Hoy me sentía un monje mendicante, como aquellos que iban labrando la nueva nueva sin nada, excepto la sonrisa.

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