Toquemos el violín…


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El primer día de contactos en tercera fase ha sido bello, emotivo, sincero, cargado de sorpresas, de compartir, de lágrimas, de alegría, de sentir, de esa inclinación natural a saborear al otro desde una posición multidimensional, sin juzgar, sin atosigar, de forma cómplice y libre. Por la mañana había quedado con Irene, una persona que me conocía desde hacía años pero de la cual no sabía absolutamente nada. Es cierto que al principio da un poco de corte cuando te encuentras con alguien que no conoces, especialmente si eres de naturaleza tímida. Pero de repente se abre una brecha, un rayo de luz y todo empieza a fluir. Como si esa persona llevara toda tu vida dentro de ti.

Irene ha sido un regalo, un maravilloso instante de revelación. Su sabiduría, su sinceridad, su intuición han servido para guiarme hacia lados profundos que desconocía de mí mismo. Casi no podía creer que en tres horas de intensa charla pudiera descubrir tantas y tantas cosas. Hay una frase suya que me ha cargado de especial emoción: el Titánic se está hundiendo pero debemos seguir tocando el violín. La carga emotiva, la vibración que acompañaban esas palabras venían de otra dimensión. Como si se tratara de un mensaje celeste, como si de repente una fuerza especial hubiera conectado con ese momento para transmitir una verdad inmanente. Gracias querida Irene por todo lo que has hecho en mí. Gracias por fluir y atreverte a conocer a este tímido loco.

A las tres había quedado en el Ritz con José Luis, el cual atendía una recepción de la embajada de la India. Por el camino me he parado para saludar a un viejo amigo que en estos meses se había convertido en un auténtico desconocido. Tras más de veinte años de profunda amistad no hemos sido capaces de reencontrarnos desde el corazón. Había como un muro creado por algún tipo de recelo, de desconfianza infranqueable. Pero me atreví a buscarle, mirarle a los ojos y sentir el gran amor que siempre perdura. Me atreví a estrujar pecho sobre pecho para entender que hay cosas que no pueden morir. Aún así no deja de ser curioso que en esos instantes recibiera dos mails algo duros. El primero, de una amiga escritora que decía algo así: “no puedo quedar contigo, prefiero ir a la peluquería”. El segundo: “no puedo quedar, estoy concentrada en mi profesión”. Mi afán reconciliador no es prudente para todo el mundo, ni necesario. Hay cosas que han muerto y es mejor dejarlas ir. Pero al menos, debía intentarlo.

En el Ritz me he encontrado con un ser excepcional. Fortalecido por la experiencia, inmóvil ante la dureza de la vida, con una capacidad de resistencia sobrehumana. Cuando te encuentras con personas así, hay algo que se fortalece dentro de uno. El poder y la voluntad forjada tras años de práctica meditativa han hecho de José Luis un hombre fuerte y valiente, capaz de resistir los aledaños de la existencia sin perturbarse un ápice. Su serenidad, su generosidad con los aspectos más crueles, han forjado en él un aura de héroe. Nada le turba, nada le espanta. Su secreto es la fe. Posee una de las mayores fuerzas del universo. Y por eso se mantiene amigo de sus amigos, fiel compañero generoso de todo cuanto crece cerca de su vida. Gracias siempre por tu ejemplo Josepe.

Tras la comida me marché caminando a mi antiguo barrio. Quería ver al que fue hasta hace poco el prior de un conocido convento con el cual mantengo una bonita amistad. Dejó la orden y se marcho a las órdenes del padre Ángel, trabajando a destajo en la impresionante iglesia de San Antón, en la calle Hortaleza. Víctor no estaba, pero me atendió amable y cercano el padre Ángel. Le estuve explicando cosas sobre el proyecto O Couso y durante dos horas disfruté de su presencia silenciosa, de su afán por ayudar al prójimo, de su sonrisa y entrega constante, iluminando y atendiendo a todo el que se le acerca con una paciencia infinita. Este encuentro ha sido revelador, y algún día hablaré sobre él con mucha calma. Gracias padre Ángel por mostrar al mundo que la humanidad y la bondad son posibles, necesarias e imprescindibles para el progreso humano.

Luego un hermoso y necesario reencuentro con María. Una reconexión de almas viejas que se reconocen, se respetan y se iluminan mutuamente para proseguir con la obra. Un encuentro de energías que entienden las claves de lo secreto, que se hablan en ese código oculto, en ese lenguaje de los pájaros que decían los antiguos. Un amor incondicional hacia un ser especial, un alma grande y pura que la vida quiso traer a mi mundo con una generosidad inusual. Hemos podido hablar de lo divino y de lo humano, pero sobre todo hemos podido seguir construyendo, conversando de esas cosas que son difíciles de explicar pero que a nosotros tanto nos gusta compartir. Hemos renacido y comprendido la ardua labor que nos queda por delante, y todos los sacrificios que dicha labor requiere. No nos importa, sabemos que el camino es largo y sabemos que esta vez nos ha tocado a nosotros convertirnos en guardianes de los caminos, constructores del nuevo templo, incansables servidores del amor en acción. Gracias María. Gracias por Ser.

Gracias también a Paloma, por estar desde el otro lado compartiendo ratos divertidos. Pronto nos damos ese paseo.

Y gracias también a todos los que habéis contactado para participar en estos encuentros en tercera fase. No he podido contestar a todos, pero estoy en ello. Gracias de corazón por vuestra paciencia y sigamos conectando corazones.

(Foto: con el padre Ángel de Mensajeros por la Paz)

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