Cooperar incondicionalmente con lo inevitable


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Estoy volviendo a casa en tren, a los bosques, con esa sensación de haber aprendido ante la derrota, haber ahondado en el error. A veces me gusta poner a prueba los acontecimientos. Ver si son capaces de resistir a la adversidad a sabiendas de que mi propia vida es un semillero de experiencias duras. Cuando alguien se aproxima, aunque sea de forma tímida, resulta imprescindible mostrarle esa dificultad añadida a una vida de por sí ya compleja. Es la única forma de saber si será capaz de estar ahí, no sólo en lo bueno, sino también en lo malo. Normalmente huyen. Nadie tiene ganas de pasarlo mal. Nadie tiene ganas de entender la grandeza del sacrificio o el aprendizaje ante la adversidad.

La experiencia nos dice que debemos practicar la resiliencia, esa capacidad para recuperarnos ante un dolor profundo o adaptarnos a situaciones adversas. En los bosques hemos tenido que practicar mucho la resiliencia, cooperar incondicionalmente con lo inevitable, con la dureza de situaciones complejas. Eso nos hace fuertes. Es como una especie de entrenamiento físico y psicológico que nos prepara para el dolor, para el sufrimiento, pero sobre todo, para sobreponernos ante lo adverso. Por eso cuando encontramos el punto de equilibrio enseguida retomamos con fuerza toda nuestra vida. No vagamos en el rencor, ni profundizamos en el dolor. Lo aceptamos y miramos hacia delante. Queremos caminar, y queremos hacerlo ligeros de equipaje, sopesando lo inevitable.

Los recuerdos nos sirven como bálsamos, pero no como atadura. Son como resinas perfumadas con ungüentos que nos recuerdan que el ayer mereció la pena. Al ser el producto de todo nuestro pasado, el futuro dependerá siempre de cómo apliquemos la enseñanza recolectada en esta siembra presente.

Cuando nos despojamos de todo lo que nos ataba, ya fuera un recuerdo, un dolor o aquellos tiempos buenos, cuando abandonamos toda esa carga semántica de acontecimientos que ya no existen, el universo entero se contrae y nos aporta una nueva fuente, un nuevo sendero de aprendizaje y relación. Nuevas personas, nuevas experiencias, nuevos caminos. Nada escapa a la idea de que somos entidades vivas y por lo tanto, con capacidad para experimentar nuevas experiencias. Si bombeamos vida desde dentro, con ilusión, esperanza, agradecimiento y generosidad, la vida nos traerá aquello que necesitamos para seguir adelante. Es una ley natural, una ley necesaria para que los organismos puedan continuar su bagaje existencial.

Es por eso que un pequeño reguero de felicidad recorre en estos momentos el paisaje adyacente. Cuando cooperas incondicionalmente con lo inevitable, el mundo se expresa a través de ti. No importa si padecemos una pérdida, una enfermedad, un dolor profundo. Si nos entregamos a lo irremediable, la vida continua de forma sorprendente. Cedamos en nuestro orgullo, en nuestra vanidad, en nuestra jactancia e hinchazón. Volvamos al camino humilde, sencillo, reconciliador. Y cooperemos.

 

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