La superstición del linaje


 

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No hay nada peor para la realización plena de los seres humanos que las supersticiones sobre el linaje, sobre los pueblos elegidos o los que creen pertenecer a una superioridad étnica, cultural o de cualquier otro tipo. Perpetuar la sangre siempre ha sido una obsesión, una necesidad de gratificación del ego. A veces esa sangre se traduce en una herencia de pensamiento, de ideología, una infantil aprobación paterna no satisfecha, una galopante megalomanía acompañada de la falta de aceptación ante las contradicciones y hechos de la vida.

Cuando los pueblos se creen elegidos, diferentes, agraciados por algún tipo de linaje ancestral o don, son motivaciones que suelen responder a problemas de identidad individual, a una personalidad explotadora con opciones de vida limitadas por el adoctrinamiento social. Existe un sentimiento de inseguridad interior que provoca una afiliación mayor que nos vuelve ignorantes y sumisos. Queremos hijos o patrias como trofeos para mejorar nuestra posición social, queremos identidad ajena o externa para sentirnos aceptados en el conjunto.

La debilidad interior, el miedo al fracaso o al rechazo, al estigma o a la indiferencia hacen el resto. La falta de gratificación personal crea una especie de sumisión hacia los hacedores de patrias, naciones o movimientos de todo tipo. Una obediencia ciega a los dogmáticos que buscan aumentar sus rebaños. Cedemos nuestra identidad a una identidad mayor por miedo. Creamos una extensión de nuestro ego en una amalgama racial capaz de empoderar nuestras carencias.

Buscamos una libertad colectiva y ficticia que creemos no tenemos como individuos. Establecemos por lo tanto nuestras decisiones individuales sin cuestionar el condicionamiento cultural, ni nuestra posible visión estrecha de la realidad, ni la casualidad de las cosas, incluyendo la fortuita posibilidad que nos trajo al lugar que habitamos. Ello nos convierte en elitistas, xenófobos, intransigentes. Pensamos que la eugenesia social es más fácil de disimular que el genocidio de los otros. Y los otros, aquellos que no son iguales a los nuestros, siempre por definición serán nuestros enemigos. Como mínimo pueblos inferiores que carecen de la superioridad de nuestra riqueza colectiva, económica y cultural, y por lo tanto, no merecedores de nuestro trato, favor o acompañamiento.

Las patrias, las banderas, las naciones, no son más que hechos basados en creencias que nacen de supersticiones sobre el linaje, individual y colectivo, cuyo germen radica en la falta de consciencia personal, en la necesidad de un reconocimiento colectivo y en carencias individuales no resueltas. Un ser verdaderamente libre no necesita ningún tipo de libertad colectiva. Los pueblos solo pueden emanciparse de la ignorancia, del hambre o de la guerra. Todo lo demás son carencias, creencias y supersticiones nacidas de un pasado remoto que ya no tiene vigencia en nuestros tiempos. La libertad verdadera siempre nace del interior. Todo lo demás no son más que estigmas que nos ayudan a cierta supervivencia psicológica. Ser libres es estar ausentes de dichos estigmas, creencias o propósitos desmesurados.

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3 thoughts on “La superstición del linaje

  1. No hay mucho que comentar, esa es la realidad que se vive desde hace siglos y hay nacionalidades que se creen muy superiores al resto, cuando yo veo esto siento que son muy pobres de espíritu.

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