¿Para qué hemos venido?


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Ayer disfruté con Ana, la periodista, y Miguel, el cámara, de una larga tarde de preguntas y respuestas donde intentábamos explorar en la complejidad humana. Me marché agradecido tras más de cuatro horas intensas. Me hubiera gustado alargar la noche y seguir destruyendo creencias, estructuras y formas anquilosadas en nuestra psique interior que nos provoca vivir de una forma y no de otra. La periodista de Antena 3 decía que quizás era mejor no pensar tanto, y dejar que la complejidad de la propia vida se diluyera en el día a día. Pero me quedé un momento pensativo y me salió un inocente: “pero entonces, ¿para qué hemos venido?”

La respuesta vino cuando al regresar me llegó la foto de Meiga y Geo. Los dos rozando sus vidas con sus finas patitas animales, disfrutando del calor del hogar, ahogados en un sueño continuo que no espera nada, excepto el disfrute de ese momento vital. Me colmé de alivio y felicidad al ver que las respuestas siempre están en lo más sencillo y cercano. No necesitamos grandes mensajes, grandes revelaciones ni una gran dosis de despertar. Solo pequeños gramos de lucidez, solo pequeños momentos de visión para darnos cuenta de todo.

¿Para qué hemos venido? Quizás solo hemos venido para amar, aunque ese amor sea un instante, o surja de una mirada. Ayer hubo un diminuto lapso de tiempo, quizás minúsculo e imperceptible, en el que sentía como amaba a esa desconocida periodista. Me preguntó algo sobre el amor y solo se me ocurrió contestar con algún balbuceo y una mirada más allá de la retina. Quise entender que la respuesta solo podía nacer de un sentimiento, de una emoción, de un derrame de energía capaz de atravesarlo todo. No sé del todo si eso se puede conseguir, pero valió la pena intentarlo. Amar amando, en silencio, a todo aquel que se preste a mirarte, a todo aquel capaz de permanecer en silencio sin exigir nada, solo cooperando con el instante de intercambio, solo aplaudiendo la caricia, el beso pausado, sin mayor pretensión que el disfrute de ese roce invisible. Un amor desapegado, pero intenso.

Sentí agradecimiento y alegría. Sentí que al desnudarme de forma libre podía amasar algún sentido con respecto a la vida y su existencia. La libertad tiene que ver con esa desnudez, con ese despojarnos de juicios y prejuicios y atravesar las fronteras del qué dirán.

Para la sociedad, un perro y un gato necesariamente se tienen que llevar mal. Eso no ocurre aquí, en esta pequeña familia. Lo podemos ver en esas dos patitas que se rozan. En ese otro compartir, en esa dimensión desconocida. Ellos se aman a su manera. Han aprendido a desprenderse de sus creencias, de sus miradas, de sus estructuras. Se han desnudado y pueden compartir una vida juntos sin miedo, sin ataduras, sin exigencias. Ellos se aman, y al hacerlo, de alguna forma, saben para qué han venido aquí.

Gracias Miguel y Ana por la divertida tarde de ayer. Aprendimos algo de la condición humana, y de alguna forma, compartimos un trozo de nosotros. Eso también es amor.

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