¿Por qué nos falta alegría?


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Herman Hesse ya nos advertía de ello en décadas pasadas. No es algo propio de nuestro tiempo donde los poetas y los filósofos han dado paso a los futbolistas y las estrellas del cine. Al parecer, es algo propio del ser humano. Los espíritus delicados se esconden para no ser dañados. La insensibilidad y la apatía suelen hacer mella en aquellos que se apresuran a mirar de frente la realidad envolvente. Resulta difícil encontrar un poco de júbilo a no ser que venga precedido por una buena dosis de alcohol o de engaño.

Ya no hay anhelos por vivir una vida superior, de gozo, de alegría, de reconciliación con la existencia más profunda. Preferimos matar las horas a base de tarjeta de crédito o televisión. Andamos por las calles como perdidos entre escaparates, anonadados por las luces de colores que durante estos días centellean a miles por las sombrías avenidas. Huimos de la reflexión y el compromiso y nos da pavor arriesgar un ápice de nuestra desidia para dedicárselo a alguna causa justa o noble. Es como si el ser humano estuviera empachado de materialismo, y no encontrara la vía o el puente adecuado para sucumbir a los deseos del alma.

No es un problema de ociosidad como diría Schlegel, ni tampoco de prisa como dicen ahora nuestros contemporáneas más atrevidos. Quizás sea un problema de sentido. La humanidad entera carece de sentido, de propósito común. A modo global aceptamos que estamos ante un colapso ecológico de tamaño inconmensurable y ni siquiera así, ante el riesgo de autoexterminación, nadie es capaz de movilizarse. Tal es la apatía, el abandono, la indolencia.

Nadie abraza la posibilidad de un cambio radical en sus vidas aún a sabiendas de lo vacías que puedan estar. Ningún país es capaz de legislar claramente hacia contenidos profundos de ecología aún a sabiendas que estamos en un punto de no retorno. Es como si la vida no nos importara, es como si estuviéramos bailando una música nupcial en un entierro inevitable.

De alguna forma deberíamos ser moderados en nuestro abandono y desbocados en los caminos de las pequeñas alegrías. No sé a ciencia cierta qué tipo de canje individual y grupal tendríamos que hacer para revertir el curso de los acontecimientos. Quizás alguna locura. Quizás algún tipo de cosa que cambie para siempre nuestra existencia. Si seguimos esperando, contando los días, mirando el reloj para ver cuanto falta para esto o para lo otro, quizás estamos perdiendo algún tipo de ocasión, de aventura, de necesidad vital de expresar la realeza interior que clama en llamas. Tal vez debamos explotar y consumir detonantes de instantes únicos, desquiciados.

No sé, se me ocurre que hoy es un buen día para cambiar nuestra existencia, y dejar la indolencia para abrazar la alegría del vivir. Hoy podría ser un buen momento para perdernos en la naturaleza y aprovechar su riqueza inextinguible hasta hacernos ricos y dichosos. No ricos en cosas, claro, sino en fuente inagotable de ser.

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