No perdamos la vida al borde del camino


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Siempre que el sufrimiento se apodera de la realidad hay pocas cosas que se pueden hacer. Entre ellas, la más común, es acostarse, cerrar los ojos y desconectar del mundo. A veces funciona, especialmente cuando ese adormecer dura unos días. La otra es trabajar mucho, hacer un sin fin de cosas que la actividad y el entretenimiento te alejen del pensamiento vacío, de la sensación de que lo mejor que se puede hacer es desaparecer en alguna misteriosa curva. De alguna forma la humanidad vive distraída porque tiene miedo a enfrentarse a su interior, a su existencia.

El sufrimiento siempre suele venir acompañado de alguna depresión. Las emociones son como norias que suben y bajan, como esa marea incesante que se despliega a circunstancias y acontecimientos en los plenilunios. Son pocos los capaces de dominar con cierta holgura la entrañable reminiscencia de un cuerpo que salta de júbilo por la mañana para arrastrarse de tristeza a la noche. El equilibrio, tan expuestos a estímulos dispares y circunstancias que nunca llegamos a controlar, es una entelequia difícil de conseguir. Lo mejor es desistir y aguardar a que un nuevo día ilumine el horizonte.

El otoño y el invierno, quizás por la falta de luz, por el aire melancólico de todo el paisaje, es propenso a dispensar tristeza y arrebato interior. No hay restricciones ni arrepentimiento, simplemente nos dejamos llevar por ese tiempo que lucha entre lo que se vive en el interior y lo que la realidad exterior muestra. Como ese que desearía abrazar a su amada hasta que descubre que la misma ya no está, o simplemente, formó parte de una ficción. O aquel otro que va perdiendo la salud y ve como el final se acerca sin remedio y no sabe como enfrentar el reto de la última etapa.

Ahora que no para de llover y el frío se apodera de nuestros corazones, lo único que podemos hacer es esperar pacientes a la primavera. Acurrucarnos en algún rincón de nuestra alma, abrazados inmanentes a trozos de espíritu que resulten agradables aún en las brasas del abismo. Ahora que el gris es el color triunfante, solo podemos someternos ingenuamente a la desdicha, disimulando desde algún rincón que el sol volverá a alumbrarnos.

Realmente no hay motivo para desesperarnos. A los que van a morir, es decir, a todos nosotros, solo nos queda el consuelo de la vida eterna. A los que viven sin pensar en la muerte, la desdicha les llevará por aquellos caminos cargados de magnolias en primavera y de hojas marchitas en otoño. Los ciclos sucumben al tiempo. El amor viene y se va como la tristeza. Sólo hay que saber esperar para apoderarnos de un centro desequilibrado por los acontecimientos pero al mismo tiempo tangible y real. Cada vez que caemos en algún abismo, recordamos que estamos caminando, avanzando, conquistando nuevos horizontes. Sería necio buscar un equilibrio al borde del camino y perdernos la vida. Mejor caminar, aunque se sufra en ello.

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