Amor desleal


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En estas fechas tan señaladas para la cultura cristiana siempre siento cierta desazón, una especie de amargura interior que a veces resulta casi insoportable. Tiene mucho que ver con esas contradicciones propias de la estética secular, con esa hipocresía ciega y repetitiva que durante dos mil años se ha gesticulado alrededor de un mensaje potente, hermoso, profundo, pero totalmente mancillado y vilipendiado por unos y otros.

No puedo evitar cierta vergüenza interior al ver como la deslealtad se apodera de estos días. Schiller ya apuntaba sobre la necesidad de una educación hacia la sensibilidad. Inevitablemente la estética nos debería llevar hacia un concepto de belleza, hacia una lealtad amorosa sobre todo cuanto somos y queremos ser. Pero en estos días se ve claramente como esa estética pasa por lo horterada más sublime, adornada con objetos luminosos, chillones, con canciones estereotipadas, cutres hasta la médula, que pretenden adornar superficialmente algo tan importante como el nacimiento de un mensaje de esperanza y amor.

La Navidad no sólo se ha convertido en algo hortera e hipócrita, sino en una excusa perfecta para representar el papel y el rol que nos corresponde socialmente de forma educada y hasta cierto punto de forma obligada. Cuando la jornada termine, volveremos a arrinconarnos en nuestros egoísmos, en nuestras deslealtades continuas hacia unos y otros, volveremos inevitablemente al ruido del que venimos, a la jungla que amamos y aborrecemos por partes iguales.

Lo que debería ser un día de luz se ha convertido en un reino de sombras. Por eso desde hace años me escondo, me acurruco dolorido en algún rincón donde no pueda hacer daño, donde no pueda ser cómplice de esta compleja falsedad. Y cuento una por una todas las deslealtades sufridas a lo largo del año, para entender así de forma global, cuan sola se haya el alma, cuan perdida se encuentra la plaga en la que nos hemos convertido. Una deslealtad tras otra. Un continuo de putrefactas mentiras que se inyectan en la sangre hasta envenenar el deseo de pureza.

Nadie escapa de esa máscara. Ni siquiera los orgullosos y vanidosos que pretenden haberla descubierto. Es tal el miedo a arrancarla o a ser delatados que ocultamos la mirada, nos alejamos en las esquinas sombrías y callamos con tal de no herir la gran fiesta. Ya no hay poesía ni verdad, ya no hay divinidad en el corazón humano, ni anhelo, ni fe, ni esperanza. Sólo un cúmulo de cosas que se suman a la experiencia de poseer, de engrandecer la jactancia y la pedantería. No existe ya valentía ni belleza. Ya no somos sinceros, ni verdaderos, ni sublimes.

Somos desleales. A nosotros mismos, a nuestra alma y sus anhelos, a la pureza de nuestro espíritu, desleales a la vida y al amor, que son conjunciones dinámicas de una misma fuerza y fuente. Somos desleales al otro, a nuestra propia naturaleza y a la Naturaleza. Lo somos ante las oportunidades, ante los retos, ante los amigos, ante la misericordia, ante la razón, ante la consciencia. Somos desleales a nuestra inteligencia, a los sabios que nos advierten, a los filósofos que razonan, a los pensadores que nos guían, a las almas bellas que decoran el espectro de nuestra raza. No nos damos cuenta porque preferimos simular e inventar una alegría hueca y vacía. No nos damos cuenta de esta gran traición. Así somos, con nuestras miserias adornadas con bolas y estrellas luminosas que intentan imitar la verdadera luz.

Estoy cansado de tanta deslealtad. Estoy cansado de tanta traición.

(Ilustración: Melancholy, 1874, Edgar Degas)

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