Confesiones de un alma bella


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Sufrir y amar. Esos son los fundamentos del ser. En los caminos ásperos de la memoria, no recuerdo ni un solo día que no amara de la misma forma que ese dolor humano producía desazón. Tan pronto como me llega un poco de aire, deseo sentir algo agradable. A pesar del sublime paisaje, a pesar de esta soledad afilada que se desenvuelve entre parajes inhóspitos de montes y profundos bosques, los deleites de estos días me están vedados. En mi lecho solo encuentro consuelo en Goethe mientras que la taciturna lamparilla esgrime trozos de recuerdos de esa alma bella.

Cuando hay un dolor de alma es porque esa emoción nace de algo profundo, irracional, algo que posiblemente venga de otras vidas y pretende reajustar alguna historia muy lejana. Lo breve no duele. Solo lo que viene del más allá, lo que ha sobrevivido a lejanas vestiduras.

El príncipe del universo tiene por costumbre contar cuentos de amor y de hadas. Son historias imaginadas en su mente que de alguna forma toman vida en nuestras desesperadas existencias. Nosotros no podemos ver a los duendes, a las hadas, pero sí podemos escuchar sus historias de amor. Tanto es así que las reproducimos una y otra vez en diferentes paisajes, en diferentes tertulias oníricas donde el poder de la magia transforma los sueños en realidad. Los seres invisibles se deleitan con nuestro dolor y celebran la resurrección de nuestros sueños en hogueras que lucen en la noche de nuestros espejos. Es entonces cuando los objetos de la naturaleza cobran una vida incierta, pero real. Un aliento que desdibuja atmósferas y dimensiones entrecruzadas, dando como resultado un mundo astral vivo y danzante.

Siempre dicen que tras la oscuridad viene la luz. Tras el resplandor incipiente se presenta de nuevo el camino. La confusión se consolida en las raíces del deseo, pervirtiendo nuestra mirada y trayectoria. Hay poderosas razones para sentirnos abatidos, y aún así, seguir caminando. Los apegos son necesarios. De alguna forma nos sirven de motor de cambio. Cuando aprendemos a deshacernos de todo aquello que nos perturba, que nos hunde en la tiniebla, aparece de nuevo la senda, aparecen esos angelitos amables de blancos vestidos con cintas doradas que nos guían fielmente con sus guiños inconfundibles. Ellos buscan nuestro lado bondadoso e inclinan nuestros deseos hacia el bien. Ellos ven en nosotros el alma bella que no somos capaces de ver desde nuestra sombra.

Capricornio marca la transición del ciclo de la oscuridad al de la luz. Con el solsticio de invierno a cero grados de Capricornio, el día más corto y la noche más larga del invierno en el hemisferio Norte se manifiesta en la Naturaleza. Comienza el viaje del Sol hacia el Norte. Simbólicamente empieza una nueva etapa de resurrección que nos llevará a la comprensión de la vida en su totalidad. Capricornio y el sol naciente representan el ascenso del espíritu, y el espíritu no es más que esa parte inmaterial que nos dota de voluntad para seguir adelante, de belleza, de amor.

Los vastos dominios de la luz a veces no son alcanzados cuando la ceguera se apodera de nuestra inquisitiva y torpe forma de actuar. Los rezagados llegamos siempre tarde. Los perezosos terminamos la jornada cansados, porque partimos al alba desde la queja y continuamos la jornada hacia el abatimiento más absoluto. Los miedosos, los confundidos, los que viven para su personalidad y sus traumas, suelen obviar que penetrar en la luz requiere de una pérdida necesaria.

Por eso la oscuridad muere al alba. La luz, o lo que es lo mismo, la belleza, se magnifica al mediodía y camina de oriente a occidente de forma continua, sin desmayo. La oscuridad solo es producto de los ciclos, pero más allá de ellos, la luz germina hacia todas las dimensiones posibles. Sufrir y amar forma parte también del ciclo. Al igual que aquella niña que deja de jugar con muñecas y exige seres que le correspondan con su amor, príncipes que poco a poco se van desvaneciendo al ver que no son del todo virtuosos y que también, de alguna forma, viven su mundo onírico. Es ahí cuando descubrimos que nuestras almas no están conformadas como ese espejo que deja reflejar la luz del sol eterno. Es ahí cuando nos topamos con esa soledad insufrible, con esa oscura noche del alma, con ese destello insondable cargado de incomprensión y dolor. Es ahí cuando separamos la mirada de lo bello para dejarnos llevar por lo iracundo.

Es ante ese terrible descubrimiento cuando me abrazo con fuerza a Goethe y la inocencia de su libro “Confesiones de un alma bella”. Un alma bella es aquella que de forma inocente y natural tiende toda su vida hacia la virtud y el bien, sin esfuerzo ni contradicción. Solo desea el bien para sí misma y para los demás uniendo de igual forma lo bello y lo bueno. Esta noche, la más larga de todas, deseo girar la mirada hacia la luz y seguir así buscando entre las estrellas a esa alma bella. Es momento de hacerse transparente y dejar de ser tan solo un espejo. Es tiempo de volver a la esperanza de un nuevo día.

 

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