En la próxima estación


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Salí nervioso del tren. Doce horas dan tiempo suficiente para imaginar cientos de escenarios. El mío parecía perfecto. Bajaría a la estación y allí estaría, esperando, como siempre. Los andenes modernos son fríos y grises, pero yo los imaginaba como un valle verde rodeado de frondosos bosques. Al fondo, junto a un río, la salida. Fui nervioso hasta allí y veía abrazos, saltos de alegría, momentos irrepetibles en los anales de cualquier historia personal.

Pero de repente el tren se detuvo. La estación volvió a su color habitual. Subí tembloroso las escaleras y la estación estaba vacía. “Llegará tarde”, pensé. Ella siempre llega tarde. Así que esperé. Fui de un lado hacia otro, mirando por todas partes por si encontraba sus peculiares pasos que llegaban hasta mi. La espera fue larga, triste. Pero soy un poeta, así que imaginé otro hermoso escenario. Estaría esperando en la entrada del metro, junto a una banda de música celestial decorada por violines y unicornios blancos. Fui impaciente hasta la entrada y de nuevo vacío y desolación. Quizás esté en la estación, escondida para darme una sorpresa. Corrí impaciente porque esa posibilidad también existía. Vacío.

Aún guardaba esperanza. Seguro que estaría esperando en casa con algún turrón de chocolate de esos que tanto me gustan. Ese tipo de esperanza disparó de nuevo el ánimo, la música, el concierto. Las estrellas empezaron a trabajar para que mi paz interior se desenvolviera en el sueño mágico. Aceleré el paso, miré por todas partes por si estaba escondida en alguna calle, tras algún árbol. Corrí y toqué el timbre impaciente. Fui corriendo hasta la habitación. No había nadie.

Esperé así uno y dos y tres días. Mirando cada tres segundos el móvil por si había alguna señal, algún aviso. Las montañas volvían, los acordes sonaban en cuanto la desesperación se volvía unísona con ese cosmos inventado. Al fin y al cabo había aprendido a amar con desesperación. Había aprendido a cumplir mi parte, aunque eso nunca fuera lo que la otra persona espera.

A la vuelta empecé a mirar el paisaje que el tren ofrecía. Allí estaban las montañas, los bosques y los ríos. Estos verdaderos. Paisajes majestuosos que acariciaban el alma, que resolvían en la realidad todos los conflictos imaginados. Acepté esos montes, acepté las nubes flotando en el azul infinito. Acepté el silencio. Acepté el vacío y el dolor. Acepté también el grito. Un grito sordo. Un grito vencido.

Miré de nuevo y pensé que merecía la pena seguir viajando. La belleza está escrita en cada palmo de realidad. Los mundos se suceden de forma misteriosa en todas las esferas posibles. Quizás en la próxima estación no haya nadie. O quizás esté repleta de música…

(Fotografía: © David Keochkerian photographie)

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