Voy a vivir


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Las danzas tribales de los maorí de Nueva Zelanda me acompañaban en el trayecto. También los poemas de Pablo Neruda cantados por Mikis Theodorakis. Fueron diez días hermosos de aventura donde el espíritu se expande y se derrama para compartir momentos pasajeros, pero siempre perennes en los registros de akasha.

Sin embargo, algo sucedió. No puedo decir qué o cómo o porqué con exactitud. Hay realidades que no se pueden gestionar. A veces por un exceso de orgullo. Otras por un desbordamiento de ignorancia. Pero ahí estaban los hechos, las pruebas, como impuestas, para que aprendamos, para que maduremos, para que cedamos una parte de nosotros.

En ese momento podríamos haber escogido cientos de caminos. El de la compasión, el de la broma, el de la complicidad, el del amor, el del cariño. Sin embargo, preferimos el del orgullo y la vanidad, el de la miseria y el desprecio. ¿Por qué cuando la vida nos pone firmes ante la elección siempre erramos? Es nuestra miserable naturaleza. Es nuestro grado de humanidad alcanzado. No es algo baladí. Está todo escrito en nuestra genética animal, incapaz de haber sido humanizada hasta el escarmiento.

Preferimos vencer a ceder. Preferimos odiar a amar. Ni siquiera nos vale un camino medio. Nos vamos al otro extremo, a la chapuza, al descontrol, al caos. Un caos siempre egoísta porque arrasa con todo, no importa cuanto se haya construido, cuanto se haya alcanzando. Todo se derrumba en esa tormenta perfecta.

Ocurre todos los días porque todos los días nos autodestruimos. A veces lo hacemos de forma consciente, otras de forma fortuita. Pero siempre apretamos sutilmente alguna tecla que consume un halo de vida, un trozo de esperanza. Incluso cuando comemos algo de nosotros se extingue.

Todo esto ocurre cuando por cualquier circunstancia nos alejamos de nuestro centro, de nuestro yo real, de nuestra alma verdadera, llamémosle como queramos. Ocurre cuando nuestro ser narcisista (porque en el fondo todos tenemos algo de eso) se apodera del curso de los acontecimientos y nos deja desnudo ante el huracán. Ocurre cuando nuestra animalidad más primitiva se hace cargo de todo cuanto hacemos, haciéndonos totalmente insensibles al dolor ajeno.

Pero el alma quiere vivir. Busca siempre grietas, hendiduras por donde colarse. A veces lo hace de forma vaga, otras con la fuerza de un ciclón. A veces le evitamos el paso, otras lo consigue y resucitamos de repente. Entonces, cuando eso ocurre, te sientas en el ojo del huracán observando el caos y diciendo eso tan new age de “yo soy, y permanezco”. Y permanecer significa que hemos aprendido algo, aunque sea leve, y que algo tendremos que ofrecer tras la experiencia. También significa que la vida sigue, que todo pasa, que todo se permuta por algo que no comprendemos pero que posee un profundo significado. Voy a vivir, proclama el alma. Voy a vivir la vida eterna.

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